Luis Gustavo Kelly Torreblanca
España logró convertirse, por segunda ocasión en su historia, en la selección campeona del mundo. Lo hizo frente a una escuadra argentina que únicamente se dedicó a defender y la cual prácticamente no tuvo oportunidad de ganar. Nunca le cedieron el balón, Messi nunca apareció. Su victoria obedeció al juego que impulsó la furia roja, que dista de ser de mi agrado, pero que impidió el ataque albiceleste.
Con un marcador de 1-0 y con gol de Ferrán Torres en tiempos extra, el equipo español dejó en el campo a un combinado argentino que dio una pobre exhibición que, repito, se debió más a la propuesta de posesión del balón de los jugadores de Luis de la Fuente, que de lo que propuso la llamada Scaloneta. No obstante que con esto se marca el fin de la copa del mundo 2026, considero que esta edición ha marcado un antes y un después para la FIFA.
Más allá de las obviedades: 46 selecciones, 3 países funcionando como sedes (México, Estados Unidos y Canadá) y la disputa por primera ocasión de unos 16avos., de final; la tecnología irrumpió de forma decisiva, haciendo que Santiago Manso, director del sector deportivo de Lenovo lo tildara como el “mundial más tecnológicamente avanzado de la historia”. A pesar de ello, los errores arbitrales estuvieron presentes. Con todo y el árbitro asistente de video (VAR, por sus siglas en inglés) que tiene por objetivo asistir al árbitro únicamente en caso de que se produzca un «error claro, obvio y manifiesto», estos siguieron apareciendo.
Además de las revisiones previstas como de goles, penales, tarjetas rojas y de confusión de identidad, para esta copa del mundo se integraron otros elementos para su revisión: tiros de esquina, tiempo de sustituciones, tiempos muertos de porteros, tarjeta roja por taparse la boca, etc. Asimismo, se incorporó una pequeña cámara para los árbitros que permitía ver el punto de vista de ellos (POV), una herramienta para el análisis de datos y métricas denominada Football Ai Pro, así como el uso del balón Adidas TRIONDA el cual contaba con un sensor de movimiento de 500 Hz que proporcionaba datos precisos al VAR. También se incorporó los avatares 3D de los jugadores que sirvieron tanto para la toma de decisiones del VAR como para el disfrute de los telespectadores.
En este mundial como en ningún otro, se contó con las tecnologías necesarias para tomar decisiones desde los datos, que fueran precisos e inequívocos y, sin embargo, las incertidumbres siguieron manifiestas. Las quejas en las decisiones arbitrales fueron un motivo de polémica internacional. Y ello lleva irremediablemente a pensar el si los pasos dados hacia un futbol mayormente conmensurable sea el destino que se desea para este.
Ello me recuerda a la idea de la ley de la modernidad descrita por Ulrich Beck en su libro La ilustración ecológica[1], según la cual la incontrolabilidad de las consecuencias crece con las pretensiones de control de la racionalidad instrumental. Mientras mayor sea la intención por controlar, mayores riesgos tenderán a surgir. Así, el VAR y la tecnología aplicada al futbol se ha vendido como una técnica infalible, que en teoría debía expulsar los demonios de la incertidumbre; sin embargo, la propia FIFA se ha encargado de deteriorar su legitimidad debido a sus decisiones políticas como en el caso Balogun.
A pesar de los intentos por gestionar los errores del pasado, la “justicia absoluta” no ha llegado al juego, convirtiendo lo que antes era un error arbitral en una crisis de credibilidad. Mientras la tecnología se volvió infalible frente al deporte, el error humano es ahora visto como cínico y descarado, y he ahí el principal problema para la FIFA: la posible subversión de su institucionalidad.
[1] Beck, U. (1995). Ecological enlightenment: Essays on the politics of the risk society (M. A. Ritter, Trad.). Humanities Press.
