Revista del Pensamiento Político

El fútbol: entre la pasión y la apuesta

Federico Piña Arce

El Mundial de Fútbol 2026, celebrado por primera vez en tres países y con 48 selecciones participantes, llega a su fin el próximo domingo. Como todo acontecimiento de alcance global —Olimpiadas, series de béisbol, mundiales de natación—, el fútbol no sólo exhibe talento, pasión y espectáculo; también revela conflictos, intereses, tensiones políticas y enseñanzas sociales. Y un mundial de un deporte de masas, practicado, visto, discutido y hasta detestado por millones, expone todo ello de manera superlativa.

La sospecha también juega

En la cancha, una decisión arbitral —una falta, un penal, una expulsión o la anulación de un gol— basta para desatar dudas, comentarios, reclamos y adhesiones. Todo lo que ocurre durante el juego se convierte en materia de polémica: hay argumentos, pasiones, agravios y certezas improvisadas. De pronto, todos nos volvemos comentaristas, entrenadores y expertos en tácticas, estrategias, alineaciones y cambios.

Lo que sucede fuera de la cancha, en cambio, suele importarle poco al hincha, al aficionado y, menos aún, al villamelón: ese espectador ocasional que sabe poco o nada del deporte y sólo se deja arrastrar por la corriente de la euforia para sentirse parte de la fiesta. Pero fuera de las canchas se juegan otros torneos, quizá más decisivos, en los que la afición no participa y de los que, en la mayoría de los casos, ni siquiera se entera.

Sin embargo, en numerosas ocasiones, lo que ocurre fuera del césped termina siendo más importante para definir rumbos —e incluso resultados— que los goles marcados o fallados por uno u otro equipo. En este Mundial, quizá como en ningún otro, han aparecido señales que podrían marcar el rumbo del deporte internacional en los próximos años.

La duda, compañera habitual de la vida cotidiana, adquiere en el fútbol una relevancia desmesurada. Una decisión que perjudica o beneficia a un equipo enciende pasiones que, en ocasiones, han derivado en enfrentamientos violentos. A ello se suma la presencia de grupos organizados de supuestos aficionados que violentan, intimidan y se escudan en el apoyo al club. Si, como se ha señalado en distintos contextos, algunos de esos grupos reciben respaldo o tolerancia de directivos, entonces el problema deja de ser anecdótico y pasa a modificar el escenario estrictamente deportivo.

En los torneos locales, la situación ha llegado incluso a los tribunales: equipos denunciados por presunta corrupción o amaño de partidos, jugadores sancionados por apuestas o por alterar resultados. No se trata de fenómenos enteramente nuevos, pero sí de prácticas cada vez más visibles en el fútbol profesional. 

No conviene olvidar, por ejemplo, que Javier Aguirre, ex técnico de la selección mexicana, estuvo involucrado en España en una investigación por supuestos amaños de partidos. Fue exonerado y declarado inocente, pero la duda quedó instalada. Al aficionado, sin embargo, eso rara vez le preocupa, lo recuerda o lo considera parte del espectáculo.

Este Mundial, celebrado mayoritariamente en un país cuyo gobierno ha puesto sobre la mesa temas como la migración, las amenazas internacionales, las guerras de intervención y el combate al narcotráfico, no podía escapar a esas tensiones. Cuando el poder político entra en escena y se cruza con una decisión arbitral, la sospecha deja de ser un murmullo de tribuna y se convierte en un asunto que rebasa lo deportivo.

En ese contexto, para muchos —quizá millones—, lo que hagan o dejen de hacer figuras como Messi, Cristiano Ronaldo, Mbappé o Lamine Yamal parece importar menos que las dudas sobre arbitrajes, decisiones tácticas, estrategias incomprensibles o comportamientos inesperados de los rivales.

El aficionado, especialmente el de fútbol, suele inclinarse por el “débil” o por aquel equipo que imagina capaz de vengar viejos agravios sufridos por su propia selección. Muchos mexicanos, por ejemplo, simpatizaron con Marruecos contra los Países Bajos por el recuerdo del “no era penal” del Mundial de Brasil. La lista de resentimientos futboleros podría extenderse sin dificultad.

Algo similar ocurre con la animadversión que una parte de la afición mundial siente hacia la Argentina de Messi. Se ha instalado la idea de que “el Mundial se preparó para que Argentina y, sobre todo, Messi lo ganaran”. No hay evidencia clara que sostenga esa afirmación, pero en el fútbol la sospecha también juega. Y, una vez sembrada, suele quedarse en la memoria de los mundiales.

México y “la maldición del quinto partido”

La selección mexicana, pese a las exageraciones de quienes convirtieron las transmisiones televisivas en un ejercicio de entusiasmo fabricado, no superó lo hecho en el Mundial de 1986. Entonces, México llegó por primera vez al famoso “quinto partido”, enfrentó a Alemania, empató sin goles en el tiempo reglamentario y en los tiempos extras, y terminó eliminado en la tanda de penales. Ocupó el sexto lugar.

La selección de 2026 también llegó al quinto partido y lo perdió ante Inglaterra. Ocupó el noveno lugar; “top 10”, dirán los optimistas. Lo verdaderamente destacado fue que pasó invicta la fase de grupos, ganó por primera vez sus tres partidos y no recibió gol en contra. Pero también dejó constancia de una limitación persistente: nuestro fútbol sigue sin derrotar, cuando más importa, a selecciones de alto nivel. Quizá ha llegado el momento de dejar de hablar de la ilusión del quinto partido y empezar a hablar de su maldición.

Para México, el Mundial y la fiesta terminaron con la eliminación de su selección, pero la realidad siguió su ruta de dolor. Los gobernantes intentaron cubrir debilidades y errores bajo el estruendo de los gritos, los saltos y el júbilo patrio; aun así, el sufrimiento de miles se asomó por cada resquicio del escudo protector tendido en torno a los estadios. Las madres buscadoras vivieron en carne propia lo que significan ciertas promesas oficiales de diálogo e inclusión cuando fueron reprimidas por la policía de la capital del país, gobernada, por cierto, por una mujer.

Una final en dónde prevalezca el fútbol por encima de la duda

El domingo 19 disputarán la final España y Argentina. A juzgar por lo visto en las semifinales, España tiene grandes posibilidades de convertirse por segunda vez en campeona del mundo. Derrotó a Francia con contundencia, no sólo por el marcador, sino por la autoridad futbolística con que sostuvo el partido.

Argentina, en cambio, derrotó a Inglaterra en buena medida porque la selección inglesa se lo permitió. Lo digo desde la mirada de un simple aficionado, sin pretensiones de experto en tácticas o estrategias de alto nivel: no se puede jugar a la defensiva durante 60 o 70 minutos contra un equipo plagado de individualidades —la más sobresaliente, sin duda, Messi— sin pagar un precio. Y ese precio fue la eliminación.

La semifinal entre Argentina e Inglaterra demostró que la primera no es invulnerable. Cuando se le ataca con perseverancia, su defensa —su posible talón de Aquiles— sufre más de lo que admite su leyenda reciente. España, por su parte, mostró que puede atacar y defender a partir de un volumen de juego que depende menos de las individualidades y más del conjunto. Ojalá que el domingo se imponga, por fin, el fútbol por encima de los intereses que se mueven fuera de la cancha.


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