Jorge Gastélum
En las semifinales de un Mundial que se juega en suelos prestados —entre el asfalto de Dallas y la bruma de Atlanta—, el futbol nos recuerda que es un teatro de ilusiones donde los dioses bajan a tropezar. Francia, España, Inglaterra y Argentina: cuatro selecciones con pedigrí de campeonas, cuatro maneras de entender la vida a través de once hombres que corren detrás de una pelota. ¿Quién levantará la copa el 19 de julio? La pregunta, como siempre, es un pretexto para hablar de otra cosa: de cómo nos miramos en el espejo desgajado del balón.
Francia llega como la favorita natural, con ese aire de aristocracia que Mbappé encarna mejor que nadie. Hay en los franceses una certeza casi cartesiana: el talento es un derecho, no un milagro. Kylian corre como si el viento le debiera algo, y con él un equipo que combina la fuerza física con una elegancia quirúrgica. Pero el futbol, ya lo sabemos, castiga la arrogancia. En 2018 fueron implacables; en 2022, casi invencibles hasta el último suspiro. Ahora, en 2026, parecen destinados a cerrar un ciclo dorado. Sin embargo, la historia enseña que los imperios se cansan. ¿Será esta la vez en que la máquina galáctica se atasque contra el ingenio español?
España, por su parte, juega como quien lee un poema: con paciencia, con toques que parecen innecesarios hasta que revelan su sentido profundo. Lamine Yamal es el jovencito prodigio que nos recuerda que el talento irrumpe sin pedir permiso, como un verso de Miguel Hernández en medio de una prosa burocrática. Rodri y compañía han construido un equipo que no deslumbra por fuerza bruta, sino por inteligencia colectiva. Ganarles es como intentar atrapar agua con las manos. Si España levanta la copa, será la victoria del estilo sobre la potencia, del «tiki-taka» reinventado en una era de velocidad y datos. Un triunfo que celebraría el sur de Europa, ese lugar donde el fútbol sigue siendo, ante todo, conversación.
Inglaterra, la eterna candidata, carga con el peso de un pueblo que espera desde 1966. Bellingham es el heredero de un linaje de medio-campistas que piensan el juego como estrategas de guerra. Kane, con su mirada de francotirador, y una defensa que parece sacada de un manual de Churchill: sólida, terca, imperial. Pero los ingleses siempre parecen llevar un fantasma en el banquillo: el miedo a fallar en el momento decisivo. Si ganan, será una liberación nacional, un exorcismo colectivo. El «It’s coming home» dejaría de ser un himno irónico para convertirse en profecía cumplida. Imagínense la cerveza tibia corriendo por las calles de Londres: un carnaval de alivio más que de euforia.
Y luego está Argentina. Ah, Argentina. Con Messi ya en la recta final de su carrera, pero todavía capaz de hacer que el tiempo se detenga. No es sólo un equipo: es una nación que carga su historia en cada gambeta. La albiceleste juega con rabia y nostalgia, con la certeza de que el futbol es lo único que puede redimir un país de sus cicatrices. La final de 2022 fue un exorcismo; 2026 podría ser la coronación de una dinastía o el crepúsculo de un dios. Enfrentarse a Inglaterra en semifinales tiene algo de destino literario: dos potencias midiéndose en el campo, con Messi como el gaucho que desafía al imperio.
¿Quién ganará? Mi corazón le apuesta a la poesía: España o Argentina. Pero la razón, fría como un árbitro alemán, señala a Francia. El futbol, sin embargo, se burla de las certezas. En cada partido hay un instante de gracia impredecible —un desvío, un penal dudoso, un gol en el último suspiro— que nos recuerda nuestra propia fragilidad. Ganar un Mundial no es sólo cuestión de talento; es saber habitar la incertidumbre —diría Morin—, convertir la presión en música.
Al final, el verdadero ganador será el que logre que millones de personas, en bares de Buenos Aires, pubs de Londres, plazas de Madrid o cafés de París, sientan por noventa minutos que el mundo tiene sentido. El futbol no resuelve nada, pero permite soñar en colectivo. Y en estos tiempos de espejos rotos, eso ya es una pequeña victoria.
(En las semifinales se decidirá mucho más que un pase a la final: se pondrá a prueba qué tipo de belleza preferimos. Que gane el mejor, o mejor aún, que gane el que nos haga creer, aunque sea por un rato, que lo imposible es solo cuestión de tiempo.)
