Sergio Cervantes
Los jugadores que logran resistir con paciencia y humildad digna de un Job tantos maltratos, atropellos y humillaciones son los que llegan a debutar en primera división. No los que pedían respeto y reconocimiento, no los que asomaban una pestaña de dignidad, no los más capaces ni los más talentosos, simplemente los más sumisos, es decir, los más pendejos. Al revés de lo que dice la canción de Caifanes que se convirtió en un himno, » Aquí sí es así», y no se ve para cuando se pueda revertir está situación.
En resumen, no hay material de calidad del que se pueda echar mano para formar una buena selección. Los jugadores de carácter, de espíritu rebelde, de un genuino orgullo y pundonor sostenido por su talento y calidad de juego, son echados o ellos mismos abandonan un sistema que en vez de premiar, los sataniza por «problemáticos». Un entrenador tiene que conformarse con lo que hay, aceptar imposiciones de dueños y patrocinadores si quiere seguir vivo dentro de este sistema disfuncional. De ejemplo tenemos al niño maravilla, impulsado por el conglomerado de Grupo Caliente deseoso de revaluarlo y venderlo por algunos 40 millones de dólares, sin importarles si era el adecuado para integrar la selección y fungir además como titular. Era un absurdo mediático, porque nadie en su sano juicio como entrenador convoca a un jugador que mide 1,68 y pesa 58 kilos, con cero masa muscular y muy disminuida capacidad aeróbica, que no aporta nada a la defensiva por su miedo de niño mimado a ser fracturado. Este mundial no era para él, no era su momento y debió entrar de recambio solo cuando el juego estaba ganado y en los últimos diez minutos. Su convocatoria ya fue un exceso, su titularidad contra Inglaterra un abuso y una soberana estupidez que solo un sistema mediocre y corrupto como el de nuestro futbol mexicano, se da el «lujo» de permitir.
