Jorge Gastélum.
El futbol, como bien sabe quien ha transitado sus mitos y sus ruinas, no es sólo un deporte: es un espejo de la nación que lo padece. México llegó al Mundial de casa con la pompa de los coanfitriones, esa mezcla de orgullo azteca y ansiedad crónica que define la mexicanidad. Tres victorias en fase de grupos, nueve puntos, portería imbatida, un primer lugar que olía a revancha histórica. Parecía que, por fin, el eterno «quinto partido» no sería un espejismo. Quiñones, Jiménez, el joven Mora, el veterano Ochoa despidiéndose… había material para soñar.
Pero el futbol, ese dios redondo y caprichoso, tiene la costumbre de cobrarse las ilusiones mexicanas con intereses usureros. En octavos, contra Inglaterra, en el coso Azteca convertido en caldera, el Tri jugó con el corazón en la garganta y las piernas algo cortas. Un partidazo caótico: 2-3. Bellingham, con su elegancia británica y su hambre de gladiador moderno, clavó dos goles en un abrir y cerrar de ojos (minutos 36 y 38) que dejaron al estadio en silencio estupefacto. Kane, desde el punto penal, amplió la ventaja. México respondió con garra: el golazo de Quiñones antes del descanso y el penal de Jiménez. Hubo tarjeta roja para el inglés Quansah, presión asfixiante, Pickford haciendo milagros bajo los tres palos y, al final, la derrota que duele más porque fue honorable.
El balance es agridulce, como casi siempre con esta selección. Se rompió la maldición de no ganar en fase de grupos con autoridad, se superó a Ecuador con solvencia, se compitió de tú a tú con una Inglaterra superior en jerarquía individual. Hubo momentos de fútbol vertical, de esa mexicanidad que mezcla desparpajo y coraje. Pero también se vio la fisura: la falta de profundidad en el banco, decisiones conservadoras en momentos clave y esa tendencia nacional a creer que el esfuerzo heroico basta. Llegamos a dieciseisavos con dignidad, salimos con la frente alta pero, una vez más, sin cuartos de final desde 1986. El «sueño mexicano» sigue siendo eso: un sueño que se roza con los dedos y se desvanece en la niebla del Estadio Azteca.
El partido alternativo: otra historia (quizá).
Imaginemos, con esa licencia literaria que permite el fútbol, que Javier Aguirre hubiera sido más audaz en ese banquillo ardiente. En lugar de los cambios que se hicieron (Sánchez y Vásquez entrando tarde, buscando frescura que ya no llegaba del todo), supongamos que al minuto 55, tras la tarjeta roja a Quansah y con el marcador 2-1, el técnico mete de inmediato a un Edson Álvarez más fresco o a un Luis Romo con llegada. O, mejor aún, que en el entretiempo ya hubiera arriesgado con un extremo más desequilibrante, buscando explotar la superioridad numérica que se avecinaba.
El Azteca, ese monstruo de 87 mil gargantas, hubiera rugido con más veneno. Supongamos que uno de esos cambios tempranos genera una jugada de combinación rápida por la banda: Mora desborda, centro venenoso, y Jiménez o Quiñones empatan antes del penal de Kane. El partido se abre del todo. Inglaterra, con diez, se repliega más; México, con el impulso de la afición y la altitud como aliadas, aprieta. Tal vez un segundo penal o un gol en jugada elaborada en los minutos finales. O, en la prórroga, el cansancio inglés pesa más y cae el gol del triunfo.
En ese escenario paralelo, el Tri habría escrito una página épica: eliminación de Inglaterra en el Azteca, venganza simbólica del 86, y un cuartos de final contra Noruega que habría desatado la locura nacional. El héroe no sería sólo el que marca, sino el técnico que se atrevió a creer en la calidad del banquillo mexicano, en esa generación que mezcla experiencia y juventud.
Pero el futbol no se juega con subjuntivos. Lo que queda es la realidad: un equipo que creció, que dio pelea digna y que, como siempre, deja la sensación de que pudo ser más. Porque en México, el futbol no es sólo resultado; es identidad, frustración y, sobre todo, la terca esperanza de que la próxima vez —siempre hay una próxima vez— el dios redondo mire a la selección y su fanaticada con más benevolencia. O, al menos, que los cambios lleguen a tiempo.
