Revista del Pensamiento Político

Naturalizados y futbol: el último bastión de la pureza imaginaria

Naturalizados y futbol: el último bastión de la pureza imaginaria

Jorge Gastélum

Se vive ya bien entrado el siglo XXI —aunque algunos insistan en habitar el XIX— y la genómica ha hecho trizas los viejos mitos raciales —con más razón las fronteras artificiales— con la delicadeza de un delantero centro que desarma una defensa. El ADN no respeta fronteras ni himnos nacionales: somos, todos los seres humanos del mundo, mestizos ambulantes con ancestros que migraron, conquistaron, fueron conquistados o tan simple como que se enamoraron del prójimo equivocado. Y, sin embargo, en las gradas y en ciertos micrófonos mexicanos, persiste la protesta ritual cada vez que un jugador nacido fuera de las colindancias de México se pone la camiseta tricolor. Como si el escudo nacional (o de la Femexfut) fuera un certificado de pureza sanguínea y no un símbolo deportivo.

La discusión tiene, como se dice en cierto argot, «larga data». Recordemos —entre otros— a Zinha, el brasileño que se volvió más mexicano que el mole, o a Guillermo Franco, argentino de nacimiento, pero veracruzano de sentimiento. Luego vinieron los Funes Mori, y ahora los Quiñónez y los Fidalgo, que, causales casualidades de la vida, anotaron goles clave contra Chequia. Bryan Gutiérrez y Obed Vargas engrosan la lista de sospechosos de «no ser de aquí». Los críticos, con la seriedad de quien defiende una reliquia sagrada, argumentan que estos jugadores diluyen la esencia nacional. Y uno se pregunta cuál esencia, cuando, como ironizaba con epistemología popular la propia Chabela Vargas, los mexicanos nacemos donde nos da nuestra chingadagana. Frase que, en su grosera precisión, desnuda mejor que cualquier tratado genético la absurda pretensión de una identidad virginal desde la dimensión del territorio,

La ironía es exquisita. Mientras la ciencia ha demostrado que las «razas» son categorías sociales porosas y que la variabilidad genética dentro de cualquier población supera con creces la que existe entre ellas, algunos aficionados exigen que el seleccionado nacional sea un ejercicio de arqueología identitaria. Como si el talento futbolístico se transmitiera en exclusiva por ósmosis territorial y no por trabajo, genética diversa y entrenamiento. Imaginen el escándalo si aplicáramos el mismo criterio a la gastronomía: ¿rechazaríamos el taco al pastor porque el trompo y la piña llegaron de otras latitudes? ¿O el pan dulce porque sus raíces son francesas y españolas? Sería ridículo. Pero en el futbol, territorio de pasiones tribales, la pureza sigue siendo moneda corriente.

Quiñónez y Fidalgo marcan. Y marcan goles que valen puntos, orgullo colectivo, clasificación. No lo hacen por llevar un pasaporte mexicano en el bolsillo de los shorts, sino por merecer la convocatoria. El futbol de hoy es global por definición: ligas europeas llenas de africanos, sudamericanos y asiáticos que enriquecen el espectáculo; selecciones que se fortalecen incorporando talento donde lo encuentran. Alemania, Francia, Inglaterra —potencias que los puristas tanto admiran cuando ganan— han construido su éxito reciente gracias a la inmigración y la naturalización inteligente. ¿Por qué México debería privarse de esa ventaja por un romanticismo decimonónico?

Los críticos de los naturalizados no defienden la nación; defienden una fantasía. Una fantasía donde la camiseta representa una sangre inmaculada en lugar de una idea compartida, un proyecto colectivo y, sobre todo, once tipos dispuestos a correr, sudar y pelear por los mismos colores. En la era del genoma humano secuenciado, protestar contra un delantero colombiano o un mediocampista español que decide jugar por México —donde le da su chingadagana— es como quejarse de que el agua moja o de que el balón es redondo. Es, en el fondo, analfabeta en lo científico y suicida en lo deportivo.

El futbol, como la propia humanidad, avanza por mestizaje. Los que se aferran a la pureza imaginaria se quedan en el banquillo de la historia, protestando contra goles que, que ironía, terminan celebrando todos. Porque cuando Quiñónez celebra, no celebra Colombia ni México de sangre: celebra un gol mexicano. Y eso, en el siglo XXI, debería bastar.

El resto es folclor de estadio, tan pintoresco como obsoleto.


Publicado

en

por

Etiquetas: