Revista del Pensamiento Político

Futbolistas publicistas

Jorge Gastélum.

En el vasto teatro de la celebridad mexicana, donde el héroe de la cancha transmuta en vendedor de electrodomésticos, uno se pregunta si el fútbol no es ya más que un pretexto para la publicidad, o si la publicidad no es el verdadero fútbol de nuestro tiempo. Memo Ochoa, guardián de arcos imposibles, aparece en las pantallas atajando no sólo disparos rivales sino también las dudas del consumidor: «Con [tal marca], ¡ganamos todos!». «Dale-dale fulano de tal». Javier Aguirre, el Vasco de las múltiples vidas, recomienda colchones con la misma convicción con que antes ordenaba presiones altas en el mediocampo. Y Oribe Peralta, el «Hermoso» eterno, aquel goleador de sonrisa radiante y remates quirúrgicos, se suma al equipo publicitario con idéntico entusiasmo, promoviendo tarjetas de crédito y la fiesta comercial del Mundial como si se tratara de otro título olímpico.

¿La gente los sigue? La pregunta es casi ingenua. Por supuesto que los sigue, porque en México el ídolo deportivo no es sólo un atleta; es un chamán moderno que bendice el crédito fácil y el descanso profundo. Peralta, que ya había conquistado corazones con aquel comercial de cierto refresco de cola donde abrazaba su propio apodo con humor desarmante, encuentra en la madurez una segunda juventud como vocero de marcas. Del gol en Londres al pasillo de [tal marca]: la trayectoria es coherente en su aparencial disparate. El «Hermoso» invita a «ganar» no sólo en la cancha, sino en las mensualidades sin intereses. Es la continuidad del mito por otros medios. 

Hay en esto material inagotable. El futbolista publicitario encarna una de las grandes contradicciones criollas: la necesidad de creer en algo heroico mientras se acepta, con resignada lucidez, que todo se vende. El héroe que detiene penales en el Azteca o que celebra en Río se convierte, al día siguiente, en el consejero que te dice que esa moto, ese colchón o esa tarjeta mejorarán tu vida. Es la democratización del mito: del Olimpo al pasillo de la tienda departamental.

Es de recordarse que el fútbol mexicano siempre ha sido un espectáculo mixto. No basta con ganar; hay que narrarlo, vestirlo de marcas, proyectarlo en comerciales donde los jugadores actúan con la torpeza encantadora de quien sabe que su talento está en los pies, no en los guiones (no son buenos actores). Ochoa, con su carisma de portero sabio; Aguirre, con su autoridad de DT curtido; y Peralta, con esa calidez de ídolo popular que trasciende las canchas, venden la ilusión de que comprar a plazos es una jugada maestra. Pero podría ser cualquier otro. 

¿Es esto cinismo o sabiduría popular? Es posible que las dos cosas. El aficionado mexicano, educado en la escuela del «ya merito», el «hubiera» y el «no era penal», ha construido el saber de que, el verdadero triunfo, está en otro lado: en la familia reunida frente al partido, en el grito colectivo, en la ilusión renovada cada cuatro años. La publicidad, así, no engaña; complementa. Ofrece al ídolo una segunda carrera, más longeva que la de las piernas, y al público la ilusión de proximidad. Si Memo, el Vasco o el Hermoso le dicen al respetable que compre, es porque, de alguna manera, lo cuidan. Son los padrinos laicos de las deudas administrables en abonos «chiquitos».

Hay en esto una poética: la del desencanto tierno. Como en las crónicas donde la belleza y el absurdo conviven en el mismo camellón, el futbolista-publicista revela la textura misma de la modernidad periférica nacional. México es un país que produce genios efímeros en la cancha y los convierte en eternos embajadores de lo cotidiano. No se sigue a los futbolistas por sus goles olvidados, sino por su capacidad de habitar, a la vez, el mito y el supermercado. En ese limbo publicitario —Ochoa atajando deudas, Aguirre prometiendo sueños reparadores, Peralta celebrando cada abono como un gol—, México se reconoce: apasionado, irónico, siempre dispuesto a creer un rato más.

Al final, la pregunta no es si la gente los sigue, sino hasta dónde. Hasta el último abono, hasta el siguiente Mundial, hasta que otro portero, DT o delantero emerja con una sonrisa convincente y un producto accesible. Porque, en el fondo, el verdadero partido se juega en la cabeza del espectador: entre la devoción y la sospecha, entre el héroe y el comercial. Y ahí, por ahora, van ganando los del crédito.


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