Cabo Verde, fenómeno mundial de fútbol
Sergio Alberto Cervantes*
Un pequeño país enclavado en pleno Océano Atlántico, a 65 kilómetros de la costa de Senegal, con cuatro mil kilómetros cuadrados de territorio, con apenas 450 mil habitantes y de esos solo 150 mil habitan su capital, Praia, ha provocado toda una revolución en la Copa Mundial de la FIFA 2026, celebrada en los Estados Unidos, México y Canadá.
Nunca antes se había escuchado su nombre en el ámbito futbolístico ni se sabía que tuviese una liga profesional (que, efectivamente, no tienen) y aún así ha estado obteniendo resultados que sorprenden al mundo entero. Empató en su partido inaugural contra España y convirtió a su portero, Vozinha, en un hito mediático al alcanzar en pocos días la cantidad de 14 millones de seguidores en instagram; ha empatado a dos goles contra Uruguay, bicampeones del mundo, quedando a nada hasta de ganar ese partido. En el seleccionado de Cabo Verde ningún jugador juega en su propio país, todos lo hacen en el extranjero, en ligas muy modestas, totalmente inferiores en todos los aspectos a las ligas en donde militan los jugadores españoles y uruguayos: mejores estadios, instalaciones, entrenadores, metodologías, roce competitivo, en fin, el pináculo del profesionalismo en el fútbol. Para que lo visualicen, los jugadores que el domingo 21 de junio anotaron gol por primera vez en un mundial para Cabo Verde, militan en el futbol ruso y el israelí, en equipos como Krasnodar, Kevin Pina Lenini, y el Macabi de Israel, Helio Varela.
Muchos acusaron a España de indolente y fracasada por no haberle anotado gol y ganado a Cabo Verde. Ese empate que sacó fue objeto de burla internacional y de fieros reproches de la prensa y público de su país. Cómo era posible que empataran con un equipo como Cabo Verde, sin pedigrí ni tradición, que salió del rincón más oscuro de África, proveniente de un país pequeñito, carente de recursos naturales, por ser árido y volcánico, y que sólo vive del turismo, sacar sólo un empate teniendo a jugadores cuya rescisión de contrato en sus equipos ronda los mil millones de euros, lo que valdría diez veces su país completo. Se ve ello como un cuento de fantasía en donde un pequeñín puede salvar a sus hermanos y vencer al ogro gigante, con astucia, arrojo y viveza, más que con tamaño y fuerza.
En la realidad, la cosa pinta de otra manera. Ni pequeñines ni debiluchos. Los jugadores de Cabo Verde presentan una constitución física sorprendente: altos, fuertes, robustos, ágiles a más no poder, y con una fuerza de espíritu que no les cabe en el pecho. Si a ello le sumamos unas no tan disminuidas capacidades técnicas, como se podría esperar por carecer de liga profesional, y un buen ordenamiento táctico, tenemos ante nosotros un milagro de la naturaleza. Este equipo juega con mucha soltura, madurez y determinación, como si atrás de ellos existiera una historia de prosapia mundialista que había que defender a toda costa. No. Son primerizos, pero en el desempeño físico atlético juegan como si fueran una Argentina o
una Alemania; en lo táctico, como si fueran una Holanda. En el partido contra Uruguay no cometieron ni un solo error; los dos goles que recibieron fue porque Uruguay sacó todo su arsenal y les jugó como si estuvieran en el Maracaná, pero nunca porque su portero pifió o sus defensas regalaran el balón.
La biblia narra la historia de un pequeño David ultimando a un gigante Goliat, y dice asimismo que los últimos serán los primeros. Cuando todos pensaban que España y Uruguay se enseñarían contra este equipo «insignificante» y lo vencerían por goleada, este mundial nos ha enseñado una historia de resistencia, de coraje y de orgullo de un pueblo que ha decidido levantar la mano y decir ¡aquí estamos! y no somos menos que nadie. Su ejemplo se ha ido expandiendo a otras selecciones como Curazao o Irán, que resisten pese a las desventajas y adversidades.
Cabo Verde es un caso único y ya entró en los anales de los grandes milagros deportivos de los mundiales de la FIFA. Con toda seguridad pasarán a la siguiente ronda y se enfrentarán muy probablemente a México. Un aztecazo sería nuestra tragedia nacional y ahí sí tendría toda la razón el ilustre necaxista Juan Villoro: nuestra afición futbolera se conforma con muy poco porque nunca le hemos dado a ganar nada. Festejamos con medio millón de personas el empate ante Corea con un gol regalado y quizás destrocemos Santa Fe por una no tan descabellada derrota ante la imparable selección de Cabo Verde. En este Mundial FIFA 2026, todo puede pasar y los tiburones azules así lo están demostrando.
*En días pasados publicamos como parte de este ejercicio el texto “La octava es la vencida”, de Sergio Alberto Fernández. Lamentablemente omitimos su nombre, por lo que ofrecemos disculpas al autor y a nuestros lectores.
