Revista del Pensamiento Político

Inauguración mundialista: la fiesta y el país que duele

Federico Piña Arce

Por fin, el jueves 11 de junio, echó a andar el Mundial de Futbol 2026. Como simple aficionado —uno más entre millones— me senté frente a la pantalla con la paciencia de quien espera una fiesta y la sospecha de quien teme una decepción. La FIFA montó su espectáculo en el llamado “Estadio de la Ciudad de México”, pero la ceremonia no terminó de encender. La música, el escenario, los artistas invitados, la ausencia de un discurso inaugural y, sobre todo el partido, quedaron por debajo de la promesa. Mucho ruido, poca emoción verdadera.

No era una inauguración cualquiera. Para México, volver a recibir un Mundial significa cargar con una memoria que pesa y seduce: la de 1970 y 1986, la de estadios convertidos en templos, la de tardes en que el futbol pareció ordenar por un momento la emoción de todo un país. Por eso la expectativa era alta. Pero esa grandeza apenas asomó. La fiesta quiso ser monumental y terminó sintiéndose calculada, más cercana al trámite televisivo que a la emoción compartida.

Tal vez ahí estuvo la primera grieta de la tarde: en la distancia entre lo que se anunciaba y lo que finalmente apareció. Un Mundial no sólo se inaugura con luces, pantallas y artistas; se inaugura con atmósfera, con identidad, con la capacidad de conmover incluso a quien mira desde lejos. 

Es cierto: esa tarde se rompió la famosa “maldición del partido inaugural”. México, por fin, ganó en su debut. Pero el triunfo, aunque celebrado, no alcanzó para disipar las sombras. “El desempeño del equipo nacional”, como dirían los expertos, volvió a dejar cuentas pendientes. Sudáfrica no parecía, desde antes, un rival capaz de imponer demasiado miedo; y, aun así, su fragilidad —primero con diez hombres y luego con sólo nueve— sirvió como espejo incómodo para mostrar las grietas del equipo mexicano. Más que certezas, el partido dejó preguntas abiertas, esas que no se borran con el marcador.

La afición mexicana conoce bien esa sensación contradictoria: celebrar con la garganta y dudar con la cabeza. Gana México y se grita el gol, se agitan las banderas, se abraza al desconocido; pero al mismo tiempo queda esa reserva íntima, esa desconfianza acumulada por años de promesas futboleras que suelen desinflarse demasiado pronto. El marcador ofrece alivio, pero no necesariamente esperanza. Ganar no siempre convence, y menos cuando la victoria parece más grande en el resultado que en el juego.

Por eso el triunfo inaugural tuvo algo de celebración contenida. Sirvió para romper una estadística incómoda, para encender la ilusión de quienes necesitaban una alegría rápida, para darle al país una primera imagen de victoria. Pero también dejó la impresión de que la selección no camina, es capaz de provocar entusiasmo, sí, pero también de exhibir sus limitaciones frente a un rival que ofreció más facilidades que resistencia. En el futbol, como en la vida pública, no basta con ganar; también importa cómo se gana, qué se muestra y qué se oculta detrás del aplauso.

La primera inauguración —porque el viernes vendrían otras dos, una en Estados Unidos y otra en Canadá— ocurrió en medio de una disputa silenciosa por el sentido del futbol. Todos quisieron tomar algo de esa enorme vitrina: apropiarse del balón, del estadio, de las cámaras, del fervor colectivo. Unos para celebrar, otros para reclamar; unos para vender espectáculo, otros para recordar que, más allá de la cancha, también existe un país que duele.

La jornada tuvo, en realidad, dos escenarios. Dentro del estadio, miles cantaron, gritaron y saltaron con los goles; quizá algunos lloraron, no sólo por el futbol, sino por esa rara posibilidad de sentirse parte de algo común. Ahí, por un instante, más de 87 mil personas dejaron en suspenso sus crisis, sus diferencias, sus cansancios cotidianos. Sin ideologías visibles, sin banderas partidistas, sin bandos sociales, parecieron fundirse en una sola respiración: la esperanza de ver ganar a su selección.

Esa comunión, sin embargo, tenía algo de paréntesis. El estadio operó como una burbuja luminosa, protegida del ruido exterior, del tráfico, de la lluvia, de las noticias de todos los días. Durante noventa minutos, el país pudo fingir que sólo importaba una pelota rodando sobre el césped. No hay nada reprochable en ello: también los pueblos necesitan descansar de sí mismos, suspender por un rato sus desgracias, reunirse alrededor de una alegría sencilla. El problema aparece cuando la fiesta pretende confundirse con una solución, cuando el espectáculo se presenta como si pudiera tapar las grietas de una realidad que sigue ahí, esperando a la salida.

Afuera, en cambio, otra multitud levantaba una voz menos festiva y más áspera. Cientos reclamaban, nombraban sus dolores, sus ausencias, sus angustias; señalaban que la “fiesta mundialista” se celebraba mientras persistían el abandono, la falta de autoridad, los “oídos sordos” del gobierno y las promesas incumplidas. Frente a ellos, cientos de policías parecían custodiar no sólo el estadio, sino también la comodidad del festejo. Como si ese silencio atronador de las demandas tuviera que quedar contenido para que, adentro, la alegría no se manchara con la realidad.

Ahí radicó la fuerza simbólica de la jornada: mientras unos entraban al estadio buscando pertenencia, otros permanecían afuera exigiendo ser escuchados. Dos formas distintas de pedir existencia. Unos querían ser parte de la fiesta; otros querían impedir que la fiesta borrara sus reclamos. Y entre ambos mundos, separados por vallas, uniformes y boletos, se dibujó una estampa nítida del país: el deseo de celebrar conviviendo con la urgencia de protestar.

¿Hubo un ganador?

Todos, de una u otra forma, intentaron apoderarse de la “fiesta mundialista”. La FIFA con su espectáculo, los aficionados con su ilusión, los manifestantes con sus reclamos y el poder con sus cercos. Sin embargo, al final de esa tarde contradictoria, hubo un triunfador. No fue sólo México, que ganó dejando demasiadas interrogantes sobre la cancha. Ganó, una vez más, el futbol: ese territorio ambiguo donde caben la alegría y la protesta, el negocio y la esperanza, el olvido momentáneo y la memoria incómoda de lo que sigue pendiente.

Los ríos humanos que avanzaron entre lluvia, frío y entusiasmo, sobre la principal avenida de la ciudad y alrededor del icono, el llamado “Ángel”, dejaron constancia de ese triunfo mayor. Miles de personas, unidas por la alegría a pesar de las inclemencias del tiempo, confirmaron que la pasión por este deporte —adorado por millones y cuestionado también por muchos— posee una fuerza difícil de contener. La magia, el arrebato colectivo y esa extraña fe que despierta el futbol vuelven a imponerse por encima de gobiernos, directivos, ideologías y desencantos.

Quizá por eso el futbol sigue siendo tan poderoso: porque no pertenece del todo a nadie. Ni a la FIFA que lo administra como negocio global, ni a los gobiernos que buscan capitalizarlo, ni a los dirigentes que lo convierten en espectáculo, ni siquiera a los aficionados que lo viven como religión íntima. El futbol se les escapa a todos un poco. A veces se vuelve mercancía, a veces bandera, a veces refugio, a veces espejo. En esta inauguración fue todo eso al mismo tiempo: una fiesta incompleta, una victoria insuficiente, una protesta contenida y una emoción popular que, pese a todo, volvió a abrirse paso entre la lluvia y el desencanto.

Al final, esa es la paradoja que dejó la tarde inaugural: el país pudo celebrar, pero no pudo dejar de doler. Y quizá en esa contradicción reside la verdad más profunda del Mundial que comienza. Porque mientras el balón rueda, la vida sigue afuera; mientras se canta un gol, alguien reclama justicia; mientras se ilumina un estadio, otras zonas permanecen en penumbra. El futbol no resuelve nada por sí solo, pero revela mucho. Y el jueves 11 de junio, entre la fiesta y el reclamo, volvió a recordarnos que ninguna celebración es completamente inocente cuando se levanta sobre un país lleno de heridas abiertas.


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