Revista del Pensamiento Político

La selección mexicana y la pátina del tiempo

César Velázquez Robles

A principios de los años 60 del siglo pasado, nació el malhadado mote de “ratones verdes” que el periodista deportivo Manuel Seyde le endilgó a la selección mexicana de futbol. La razón: en el mítico Wembley la selección de la pérfida Albión recetó una lluvia de cuero al Tri. Un 8-0 lapidario, que fue una afrenta a un pueblo entero conquistando el porvenir. Lo digo en serio: son los años de construcción de lo que luego se conocería como el “milagro mexicano”, un periodo de crecimiento económico acelerado, con tasas anuales del 6 por ciento, una modernización de nuestras relaciones sociales  y una transición de la sociedad rural a una sociedad urbanita.

En el mundial de 66 la sinaloense era una sociedad todavía muy beisbolera. No había todavía esa pasión que en los años posteriores se colaría en por todos los intersticios y ocuparía todos los espacios de la vida colectiva. Recuerdo que el día del partido contra Francia iba en un camión de la ruta Recursos hacia mi casa en la colonia Hidalgo. Los pasajeros íbamos escuchando la transmisión del partido por la radio, a eso de la 13:30, sin mucho más interés que el de saber que un once nacional jugaba en el Viejo Continente. De pronto, la narración subió varios decibeles. Era el minuto 48 del primer tiempo, un zapatazo de Enrique Borja meció las redes del equipo galo.  Todos dimos un salto en la butaca, porque además fue como si lo hubiésemos estado viendo en cinemascope. Pero fue todo. En la segunda parte Francia empató, y así quedó la cosa. En estas mismas páginas, puede usted leer el texto de Víctor Pérez, que en el epígrafe recuerda la expresión de Fernando Marcos: <<¡Ese maldito error que siempre nos acompaña!>>

No hubo nada más. El mote empezó a hacer ronchita. Ganaba espacios y hacía fortuna entre lo que ahora ha dado en llamarse “comentocracia” en el ámbito del deporte. El mexicano era un equipo ratonero. Ese juicio lapidario, fraguado en el ya para entonces largo infortunio futbolero, llegó para quedarse. En México 70, luego de un empate contra CCCP –o sea, la URSS— (que el ingenio mexicano bautizó como “cucurrucucú, paloma) y un triunfo contra Bélgica, renació la esperanza de que, por fin, la ratoniza daría el do de pecho que la afición esperaba desde hacía ya varios mundiales. Pero nada: como dijo Fernando Marcos…

En 1974 otra actuación desastrosa. No fue en el mundial, sino en la fase previa, de clasificación. El tricolor, hundido en la mediocridad, fue el hazmerreir de todo el futbol. Entre las derrotas, un 4-0 frente a Trinidad Tobago, que en ese entonces era raro que alguien supiera las coordenadas para ubicar la isla, y más todo aquel que supiera que tenía un equipo de futbol. El caso es que el mote sentó jurisprudencia, eran los ratones verdes.

En 1978, en el mundial de Argentina, que la dictadura de Jorge Rafael Videla quiso utilizar para lavarse la cara, la debacle, la catástrofe, se cebó sobre el equipo mexicano. Polonia 3-0, Alemania 6-0 y Túnez 3-1, pasaron sobre los nuestros como una aplanadora. Tres derrotas de estrépito, cero puntos, un solo gol, de Vázquez Ayala, y vuelta pa’tras. Ahí perdí para siempre las esperanzas y las ilusiones en ese equipo. 

Desde entonces, decidí que no le iría jamás a la selección mexicana. Pero cada uno es como es y cada uno tiene sus cadaunadas. Derrota tras derrota en torneos oficiales, triunfos en competiciones amistosas, no hacían sino aumentar esa distancia entre el equipo y el aficionado que era. Ah, pero no se tratara de jugar contra Estados Unidos porque casi-casi me envolvía en el lábaro patrio. Pero el golpe de realidad estaba ahí, como siempre, presto a caer. No había modo ya de ganarle a los del Norte revuelto y brutal que nos desprecia.

Desde hace tiempo, me he preguntado cómo es que teniendo tan buenos jugadores en las divisiones inferiores, al llegar al equipo mayor juegan como matalotes. Algo pasa en esa zona oscura, de transición a la adultez, que quienes jugaban antaño con delectación de artista, hogaño cuiden la figura, y se asuman como mercancías en manos de los dueños de los equipos y de la pelota.

Y no es que se hagan malos. Los hacen malos. ¿Quiénes? Los burócratas de pantalón largo, como también bautizó Seyde a quienes sólo ven el futbol como negocio; a los jugadores como valor de uso y valor, que pueden ser negociados en el mercado para engordar los bolsillos de los chacas, de los clubes, de la Federación Mexicana de Futbol. Esa es la plaga que azota al futbol mexicano desde hace mucho tiempo, y no parece haber poder humano con capacidad para revertir esta situación.

Ayer ganó el tricolor 2-0 a un equipo que quedará, una vez que se disipe el humo de la pólvora, entre los últimos cinco entre 48 selecciones que hoy compiten. Lo que se vio, según los que saben, fue un cuadro sin perfil, sin identidad, sin propuesta, desvaído después de los primeros 20 minutos de juego. <<Parece que perdieron>>, dijo un aficionado al abandonar el coso de Santa Úrsula. Ciertamente, parece que perdieron al menos el primer lugar de su grupo, a la conclusión de esta primera ronda. Ahí podrían haber asegurado el liderato con posibilidades para seguir jugando ante su público en el Azteca en la siguiente ronda. 

Pero nada garantiza eso. El próximo encuentro, contra Corea del Sur –no la del Norte, de Kim Il Sung, que en el 66 derrotó a Italia 1-0 y terminó perdiendo con Portugal 5-3 después de ir ganando 3-0–, será la verdadera prueba de fuego para la selección mexicana. Me temo que les puede ir mal. Los coreanos son hoy día una selección potente, competitiva, y puede hacer bastante mal a los nuestros. Y no es que me invada un ánimo pesimista. Hay que recordar que un pesimista es un optimista bien informado. En fin, veremos.


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