Jorge Gastélum
El fútbol en México no es sólo un deporte: es religión laica, memoria colectiva y uno de los pocos rituales que todavía logra unir a un país fracturado (70 y 30). Claudia Sheinbaum, científica, jefa de gobierno de la Ciudad de México y ahora titular de la presidencia de la República, llegó al poder con un perfil que parecía lejano al castizo balompié. Sin embargo, su relación con el futbol durante el Mundial 2026 ha revelado una dimensión inesperada: la de una mandataria que entiende el potencial simbólico, social y político del deporte más popular del país.
La abanderada
El 8 junio de 2026, Sheinbaum encabezó la ceremonia de abanderamiento de la llamada Selección Mexicana rumbo al Mundial que se juega ―como dicen los epistemólogos en la materia― en casa. Con el trofeo de la FIFA en las manos y frente a los jugadores, Javier Aguirre y el pueblo que seguía la transmisión, pronunció palabras que mezclaban patriotismo y esperanza: «la patria confía en ustedes», «que su ejemplo inspire a millones». No fue un acto protocolario más. Fue la imagen de una mandataria presente en el mero corazón de esa fiesta nacional.
Días después, cuando México jugó el partido inaugural y marcó el primer gol, las cámaras captaron a Sheinbaum celebrando de pie, con la misma euforia que cualquier aficionada. Ese gesto, en apariencia simple, dijo más que muchos discursos: la jefa del Ejecutivo no estaba por encima del pueblo, sino junto a él en el momento en que México se siente más México.
La estratega del futuro
Más allá del apoyo emotivo, Sheinbaum ha impulsado una Estrategia Nacional de Formación en alianza con la Federación Mexicana de Fútbol y los clubes de la Liga MX. El objetivo es claro: crear una red amplia de escuelas de futbol gratuitas en todo el país, desde los cinco o seis años hasta el alto rendimiento. Niñas y niños de todos los rincones tendrán una puerta de entrada al deporte. No se trata sólo de ganar un Mundial; se trata de democratizar el talento y construir cantera desde abajo.
En un país donde el futbol ha sido a menudo un espacio de frustración (eliminaciones tempranas, promesas incumplidas, estructuras cerradas), esta apuesta representa un cambio de paradigma: del espectáculo a la formación masiva, de la élite a la base popular.
La fan de Pumas
Sheinbaum ha reconocido en público su afición por los Pumas de la UNAM («¿Cómo no te voy a querer?»). No es la seguidora fanática que llena el estadio cada fin de semana, pero sí una universitaria que entiende el futbol como parte de la cultura popular mexicana. Esa cercanía le permite conectar con millones de personas para quienes el balompié es identidad, escape y orgullo. En un gobierno que ha puesto énfasis en la ciencia, la educación y la igualdad (por lo menos en el discurso y algunas acciones), el futbol aparece como el terreno donde esos valores pueden volverse emocionales y masivos.
El Mundial como espejo
México 2026 no es cualquier torneo. Es la tercera vez que el país organiza un Mundial (después de 1970 y 1986), y ocurre bajo la primera presidencia de una mujer. ¿Usted cree que Sheinbaum iba a desperdiciar la oportunidad? No. Ha usado el torneo para proyectar unidad nacional, capacidad organizativa y un mensaje de futuro. Mientras celebra goles y abanderados, a la par promueve un «Mundial Social» con decenas de torneos comunitarios en escuelas, colonias y centros de salud. Es el futbol como herramienta de cohesión y desarrollo.
No es que Sheinbaum haya sido siempre una «mundialista» apasionada en el sentido romántico. Su relación con el deporte rey (no será «el rey de los deportes» pero sí «el deporte rey») parece más bien pragmática, institucional y, al mismo tiempo, sensible al pulso popular. En eso radica su inteligencia política: entiende que en México gobernar también significa saber cuándo celebrar un gol junto al pueblo.
El Mundial 2026 apenas empieza; todavía está en curso. Pero ya dejó una imagen duradera: una presidenta de bata blanca y corazón tricolor, que se pone la verde y de pie ante la televisión o frente al estadio, nos hace recordar que la política puede, por momentos, parecerse al futbol: un espacio donde todos, por noventa minutos, somos parte del mismo equipo.
