Sergio Alberto Cervantes
Por fin la selección mexicana de fútbol pudo ganar por primera vez un partido inaugural de la Copa FIFA de los ocho que ha jugado, incluido el de ayer. Este partido México- Sudáfrica será histórico porque se rompió con una maldición que México venía arrastrando desde 1930, cuando perdió por marcador de 4-1 el partido inaugural contra Francia, en el mundial celebrado en Uruguay. Posteriormente perdió contra Brasil en 1950 4-0, contra Suiza en 1954 5-0, contra Suecia 1958 3-0, contra Chile 1962 2-0, empató contra la Unión Soviética en 1970 siendo anfitrión 0-0, empató contra Sudáfrica 2010 1-1, y ganó por fin 2-0 ayer en el estadio Azteca fungiendo como coanfitrión del torneo.
Como dice nuestro buen amigo Juan Villoro, México nació para ser un eterno animador de la fiesta del futbol, con un público aficionado muy noble, muy entusiasta, pero no nació para ser protagonista de las grandes justas deportivas del balompié mundial, al entregarnos históricamente siempre mediocres resultados. Lo de ayer se puede comprobar en ambas vertientes.
En el caso del público, vimos como llenó casi por completo el estadio, incluso con esos precios que rondaba los 70 mil pesos promedio el boleto de entrada; 300 pesos una cerveza y 200 pesos una botella de agua. Algo insólito y abusivo por parte de los organizadores.
En cambio, por parte del equipo, vimos lo mismo de siempre: un nivel de juego muy limitado que alcanza para ganarle a selecciones como la de Sudáfrica, pero que deja ver grandísimas limitaciones que se convierten en tragedia cuando se enfrentan a las selecciones de Sudamérica o Europa, e incluso, ya también, de Asia, como serían las selecciones de Corea o Japón.
Bryan Gutiérrez, el pocho que juega en Chivas, dio pena ajena el día de ayer. Un jugador titular demasiado básico, sin fuelle ni complexión atlética, inseguro en la definición, escondido atrás de los defensas para que no le pasaran la pelota y mostrándose muy timorato en la marca, es solo un ejemplo de por lo menos 10 jugadores que fueron convocados a este mundial y que no sabemos por qué están allí. Deportivamente no dan el ancho para pensar que México ahora sí podría ganarle a las grandes potencias futbolísticas, pasar al quinto partido y llegar a una final para disputar el campeonato.
La enorme disparidad entre las expectativas y los resultados que se repiten periódicamente en México cada cuatro años, nos habla de un deporte profesional mal gestionado por las élites empresariales que lo han tenido a su cargo. Si a ello le sumamos el poco interés del Estado mexicano por ver en estos triunfos una confirmación de un prestigio nacional celosamente resguardado, como pasó con Francia, difícilmente pasaremos de perico perro, como vulgarmente se dice. Francia era una Don Nadie en el fútbol, el hazmerreir, hasta que el Estado lo consideró como una afrenta y tomó en sus manos la creación del Centro Nacional del Futbol Francés Clairefontaine en 1988. Su objetivo fue reunir a los mejores jugadores en potencia de Francia para acabar de formarlos. Diez años después, Francia ganó la Copa del Mundo en 1998.
Si el gobierno de México no hace algo parecido, nuestra selección seguirá dando estos pobres espectáculos deportivos como el que vimos ayer y como el que veremos, aún peor, en su próximo partido contra Corea. México no tiene nada que hacer, otra vez, en este mundial, salvo el recibir el trofeo a la mejor afición anfitriona del mundo. Así lo dice Juan Villoro y yo lo secundo.
