Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez
Todas las veces que jugué futbol lo hice como defensa. Era un defensa rudimentario, de esos que entendían el juego con una lógica simple: podía pasar la pelota, pero no el jugador. Si había que barrerse, me barría; si había que meter la pierna, la metía. Nunca fui elegante. Tampoco talentoso. Mi función consistía en interrumpir la felicidad ajena.
Lo hice en el Colegio Cervantes y también en la Liga Interperiodística.
Y, sin embargo, siendo honesto, nunca ningún deporte me ha despertado emociones profundas.
Lo más extraño es que durante una parte importante de mi vida fui periodista deportivo.
No porque lo hubiera soñado ni porque hubiera demostrado conocimientos especiales sobre el tema. Fue simplemente porque el director de El Sol de Sinaloa, Jorge Luis Telles Salazar, me envió a la sección de Deportes. Y allá fui.
Sigo sin saber mucho de deportes.
Lo digo sin falsa modestia. Nunca he sido un enciclopedista de alineaciones, estadísticas o sistemas tácticos. Pero descubrí algo que sigue siendo válido hasta hoy: para hacer periodismo no basta conocer un tema; hay que saber contar historias.
Y resulta que las historias deportivas son extraordinarias.
Tan extraordinarias que mi primer reconocimiento profesional fue precisamente el codiciado Premio Gustavo D. Cañedo en Crónica Deportiva. Después vinieron el Premio Payo, el Premio Estatal de Periodismo, el Premio Municipal, un reconocimiento otorgado por un comité ciudadano y también el certamen interno de Noroeste. Todos relacionados con el periodismo deportivo.
También obtuve premios en otros géneros, pero, curiosamente, la mayoría fueron en crónica deportiva. En realidad nunca fui cronista; fui reportero de deportes.
La paradoja sigue haciéndome sonreír: varios premios en deportes para alguien que sigue diciendo que no sabe de deportes.
Quizá porque nunca me interesó tanto el marcador como las personas detrás del marcador.
Me interesaban las entrevistas, los reportajes, las historias de esfuerzo, las derrotas y las victorias humanas. Me interesaba el drama. La condición humana. Lo mismo que puede encontrarse en una cancha, en una oficina pública o en una sala de hospital.
Al final, la nota es la nota.
Y las historias están en todas partes.
Por eso, aunque no me considere un apasionado del futbol, sí reconozco su enorme capacidad para retratar a una sociedad.
El futbol me fascina como fenómeno humano.
Porque más que un deporte, es una manifestación cultural.
A diferencia de otras disciplinas asociadas históricamente a las élites, el futbol pertenece al pueblo. Puede generar fortunas obscenas, contratos multimillonarios y espectáculos globales, pero su fuerza sigue estando en los barrios, en los llanos y en las calles.
Es una religión sin teología.
Sus seguidores eligen un equipo y le profesan una fidelidad que a veces parece inquebrantable. Lo siguen en la gloria y en la derrota. Lo heredan como un apellido. Lo convierten en parte de su identidad.
Hay personas capaces de llorar por una derrota y de experimentar una felicidad auténtica por una victoria conseguida por hombres a quienes jamás conocerán.
Es una locura extraordinaria.
Y Sinaloa no es ajeno a ella.
Este 2026, el futbol organizado cumple 104 años en nuestro estado. El primer partido documentado de manera formal se disputó el 22 de agosto de 1922 en las instalaciones originales del Club Deportivo Muralla, en Mazatlán.
La historia fue rescatada y documentada por mi compañero de redacción en El Sol de Sinaloa, el periodista Antonio Velázquez Zárate, recientemente reconocido por su trayectoria profesional. Él sí es futbolista de corazón. El resultado de sus investigaciones quedó plasmado en su libro Un siglo de fútbol en Sinaloa, una obra indispensable para entender la presencia de este deporte en nuestra historia.
Pienso también en otros colegas cuya pasión futbolera siempre admiré.
En José Isabel Rodríguez, cuya afición era evidente.
En Fausto Castaños, a quien muchos identifican con el beisbol. Siempre admiré su toque de pelota. Cuando era futbolista era una auténtica varita de nardo; estaba tan flaco que podía esconderse detrás de un poste. El futbol lo llevaba en las piernas.
Pienso también en tantos compañeros que cada año disputaban la Liga Interperiodística con una seriedad digna de una final mundialista.
Y cómo no recordar al fotógrafo Juan de Dios Montero, de quien siempre escuché que había tenido un pasado profesional en las canchas.
Ellos sí eran hombres de futbol.
Yo era solamente un observador.
Quizá por eso también puedo ver su lado menos amable.
La historia del futbol está llena de tragedias, fanatismos y excesos. La pasión se convierte a veces en violencia. La identidad colectiva degenera en tribalismo.
Recuerdo el caso del portero colombiano Andrés Escobar, asesinado después del Mundial de 1994 tras un autogol que algunos nunca le perdonaron. Tal vez no exista una imagen más brutal de lo que ocurre cuando una afición deja de ser juego y se convierte en obsesión.
Pero el futbol también cumple otra función.
Es un inmenso distractor.
Mientras rueda el balón, los problemas parecen disminuir de tamaño. La pobreza espera. La corrupción espera. Las injusticias esperan. Los reclamos esperan.
Durante noventa minutos, millones de personas suspenden la realidad para habitar una ficción compartida.
Y quizá por eso funciona tan bien.
Porque los seres humanos necesitamos relatos.
Necesitamos héroes y villanos. Necesitamos milagros. Necesitamos remontadas imposibles. Necesitamos creer.
A veces pienso que el futbol se parece a la obsesión descrita por Dostoyevski en El jugador. El personaje sabe que la ruleta puede destruirlo. Sabe que perderá. Sabe que la razón le aconseja retirarse. Pero vuelve una y otra vez porque la esperanza es más poderosa que la lógica.
Algo parecido ocurre con los aficionados. Cada torneo promete una redención. Cada derrota alimenta la ilusión siguiente.
Y así continúan. Hipnotizados. Enajenados. Felices.
Tal vez el futbol sea la droga más exitosa jamás inventada. No porque se inyecte en las venas, sino porque se instala en la imaginación colectiva.
Pero sería injusto condenarlo únicamente por eso.
Después de todo, los seres humanos vivimos de nuestras ilusiones.
Algunos las encuentran en la política.
Otros en la religión.
Otros en el dinero.
Y millones las encuentran en una cancha rectangular donde veintidós hombres persiguen una pelota.
Yo sigo sin emocionarme demasiado frente al televisor.
Pero observo el fenómeno con asombro.
Porque cuando el balón comienza a rodar, no solo juega un equipo.
Juega la tribu.
