Revista del Pensamiento Político

Mundial 2026: la rentabilidad por encima de la pasión

Federico Piña Arce

El próximo 11 de junio comenzará la vigésima tercera edición de la Copa Mundial de Fútbol. No será una edición cualquiera. Por primera vez se disputará en tres países y, también por primera vez, reunirá a 48 selecciones, la cifra más alta en la historia del torneo. La magnitud del evento, sin embargo, no debe ocultar lo esencial: detrás del espectáculo deportivo se consolida una lógica cada vez más abiertamente comercial.

México quedará inscrito en la historia como el único país que habrá albergado tres inauguraciones mundialistas. Pero conviene no perder de vista la dimensión real del acontecimiento: la mayoría de los partidos se jugarán en Estados Unidos, sede principal de un torneo que comparte oficialmente con Canadá y México bajo el paraguas organizativo de la FIFA.

Pero los datos logísticos sólo cuentan una parte de la historia. El Mundial 2026 se celebrará en medio de un escenario internacional atravesado por tensiones geopolíticas, desigualdad económica y conflictos armados de distinta intensidad. Pese a ello, la maquinaria del futbol global no se detiene. La FIFA sigue adelante con el torneo, como si el espectáculo pudiera mantenerse inmune al contexto y como si el negocio, por definición, no admitiera pausas.

Ahí está, en realidad, el centro del problema. Más allá del discurso deportivo, lo que hoy rige al Mundial es la lógica del mercado. Todo apunta a que esta edición será la más rentable de la historia, con ingresos directos cercanos a los 8,900 millones de dólares. El dato no sólo impresiona por su tamaño; también confirma una tendencia inequívoca: 56 por ciento más que Catar, 67 por ciento más que Rusia y el doble de lo que dejó Brasil 2014.

No se trata únicamente de cifras espectaculares, sino de lo que esas cifras revelan. En el futbol contemporáneo, la pasión popular ha quedado subordinada a la rentabilidad. Los colores, la identidad y el sentido de pertenencia siguen ahí, desde luego, pero cada vez con menor capacidad para disputar el lugar central frente a la utilidad económica. En un deporte seguido por millones de personas, casi todo parece medirse ya en términos de rendimiento, ingreso y valorización comercial.

Jugadores, entrenadores, directivos, estadios, transmisiones: todo entra en la lógica del cálculo financiero. El resultado es visible. Mientras el negocio crece, el acceso se reduce. Poco a poco, el futbol se transforma en un espectáculo más selectivo, menos popular y crecientemente elitizado. Ir al estadio, vivir el partido desde la tribuna, formar parte de esa experiencia colectiva que dio sentido al juego, comienza a convertirse en un privilegio para quienes pueden pagarlo.

Con boletos cada vez más caros, asistir a este Mundial será posible sólo para un segmento social muy específico. Las grandes mayorías —las mismas que sostienen la cultura futbolera en los barrios, en los estadios locales y frente al televisor— tendrán que vivir el torneo a distancia. Y ahí aparece otra vez la lógica del negocio: televisoras, plataformas y anunciantes se preparan para capitalizar una audiencia masiva mediante contratos multimillonarios. El resultado es conocido: rentabilidad extraordinaria para unos cuantos, consumo masivo para el resto.

El mercado toma la cancha

Sería simplista negar que esta lógica comercial también deja beneficios concretos: inversión en infraestructura, proyección internacional, derrama económica y empleo temporal. El problema surge cuando esos efectos se usan como coartada para justificarlo todo. 

Porque al mismo tiempo que el Mundial genera millones, también profundiza exclusiones, segmenta a su público y convierte al aficionado en consumidor. La experiencia directa del futbol —la tribuna, el bullicio, la pertenencia colectiva— queda cada vez más restringida a quienes pueden costearla.

El Mundial 2026 no sólo pondrá a competir selecciones nacionales; también exhibirá, con toda claridad, el modelo que gobierna hoy al futbol global. Habrá estadios llenos, ceremonias deslumbrantes, marcas omnipresentes y cifras récord. 

Pero detrás de esa escenografía persistirá una pregunta de fondo: ¿a quién pertenece realmente esta fiesta? Si el futbol nació y creció como una pasión popular, vale la pena preguntarse cuánto de esa esencia sobrevive cuando el mercado ocupa el centro de la escena. En esa tensión —entre espectáculo y pertenencia, entre negocio y comunidad— se juega quizá la discusión más importante del torneo. Y tal vez también el sentido mismo de un juego que alguna vez perteneció, sin reservas, al pueblo.

¿México campeón?

Jugar un Mundial en casa suele considerarse una ventaja importante para cualquier selección nacional. En el caso de México, esta circunstancia abre la posibilidad de un desempeño favorable, sobre todo por el apoyo de la afición, la familiaridad con los estadios y las condiciones en que se desarrollará la fase de grupos. Sin embargo, esta expectativa también obliga a analizar con cautela el verdadero alcance del equipo mexicano frente a sus posibilidades reales de trascender en la competencia.

Desde una perspectiva competitiva, los rivales de la primera fase parecen presentar distintos niveles de exigencia. Sudáfrica no debería representar una amenaza mayor, mientras que Corea podría ser un adversario accesible. Chequia, en cambio, aparece como el rival más complejo de este grupo. Aun así, la experiencia histórica sugiere prudencia: en 1970, México logró avanzar a la siguiente ronda, pero fue superado con claridad por Italia; en 1986, alcanzó el llamado quinto partido, aunque quedó eliminado en penales ante Alemania.

Estos antecedentes permiten dimensionar mejor el problema. Tanto Italia en 1970 como Alemania en 1986 fueron selecciones que alcanzaron la final de sus respectivos torneos, lo que muestra que México ha competido con dificultad frente a equipos de auténtica élite. En la actualidad, el conjunto dirigido por Aguirre no parece exhibir una grandeza comparable, ya que carece de figuras determinantes y de una solidez que permita imaginarlo como un contendiente serio al campeonato.

A ello se suma un problema estructural del fútbol mexicano. La creciente mercantilización del deporte y la presencia excesiva de jugadores extranjeros en la liga local han debilitado la construcción de una identidad futbolística propia. Como consecuencia, la selección nacional intenta reproducir modelos europeos sin haber consolidado antes un estilo auténtico y consistente que responda a su realidad deportiva.

En conclusión, aunque México cuenta con ciertas condiciones favorables para realizar un papel decoroso en un Mundial disputado en casa, esas ventajas no bastan para convertirlo en un verdadero aspirante al título. El apoyo del público y el contexto local podrían facilitar el avance a la siguiente ronda, pero la presión, la irregularidad competitiva y la falta de una identidad sólida limitan seriamente sus posibilidades. Por ello, más que pensar en el campeonato, el panorama sugiere un rendimiento aceptable, aunque todavía lejano de la grandeza futbolística.


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