DEBATE
Ronaldo González Valdés*
Escribo estas notas el lunes 3 de junio, apenas unas horas después de conocida la aplastante victoria de la coalición encabezada por Morena en prácticamente todo el país. Anticipo que no abordaré aquí nada relativo a la perspectiva del nuevo gobierno, asunto del que me ocuparé en otros apuntes. Nunca advertí que la oposición tuviera alguna posibilidad de remontar la diferencia que, en todo momento, marcó la candidatura de Claudia Sheinbaum sobre la de Xóchitl Gálvez, pero ciertamente era difícil imaginar un margen tan amplio de ventaja en los resultados. Más allá de eso —o quizá, con mayor razón, justamente por eso—, es oportuno aventurar algunas ideas y conjeturas fraguadas desde la confirmación de algunas sospechas propias y ajenas, incubadas antes y durante el proceso electoral.
1. La primera de ellas alude a la narrativa de la oposición, fincada básicamente en la insistencia en el riesgo del autoritarismo y el extravío del camino abierto con el tránsito a la democracia de fines del siglo XX y principios del actual. De manera muy precisa, esto quedó claro en los argumentos de la comentocracia y los intelectuales autonombrados liberales, quienes reivindicaron ese tránsito y señalaron las amenazas a los organismos públicos autónomos y la independencia del Poder Judicial, entre otras cosas que, en la percepción ya desencantada de la mayoría de la gente, aparecieron como abstracciones muy lejanas de su vida real. Ese relato fue convenientemente asumido por los dirigentes de los partidos políticos que conformaron la coalición opositora y su candidata, sin entender que cuando AMLO y Morena han denostado ese tránsito, se han vuelto portavoces de lo que muchos mexicanos y mexicanas piensan: la democracia fue secuestrada por los partidos dominantes, por esas oligarquías que limitaron el juego político a ellas mismas, a sus intereses y negociaciones. Negociaron el federalismo por el feuderalismo, la deliberación legislativa por los acuerdos en lo oscurito, los intereses populares por los cupulares.
2. Y no es que a la oposición le falte razón cuando critica la centralización, los escasos resultados en salud, educación o hasta los retrocesos en seguridad pública de la llamada 4T. Todo eso es cierto, pero es aquí donde entra la percepción. El éxito de los programas sociales de apoyo a adultos mayores, estudiantes, discapacitados, etcétera, reside en que, en efecto, se perciben literalmente. Son algo concreto, son percepciones que van a los bolsillos de las familias. De ahí se desprende una navegación emocional: ahora sí nos están apoyando, no como los otros que se la pasaban hablando de indicadores y pronunciando grandes palabras (tránsito democrático, índice inflacionario e índices de delincuencia acumulada, pactos por México hechos por ellos mismos y por nadie más que ellos mismos), mientras la exclusión material y cotidiana crecía. La oposición —incluidos sus intelectuales— siguió atrapada en la burbuja del tránsito democrático y sus logros (sufragio efectivo, prensa libre, independencia de los poderes aunque con alineamientos evidentes con el gobierno en turno, organismos públicos autónomos), todos los cuales resultaron endebles en la percepción social. No fue la batalla por lo “noticioso” lo que perdió a esa intelectualidad. Fue su incapacidad de bajar de la vaporosa nube democrática, ciudadana y liberal sin más.
3. Puede sonar convencional o hasta anacrónico, pero nunca como en el balance de esta contienda la expresión “trabajo de tierra” cobra sentido. Una paradoja de estos tiempos es que las personas ejercen su derecho al voto, pero pensando mucho más allá (o, mejor dicho, mucho más acá) de la acepción liberal y formal de la ciudadanía. La gente no votaba “ciudadanamente” (cuando llegaba a ir a las urnas y no cuando el sindicato o la central campesina lo hacían por ella) en los tiempos del corporativismo priista; lo hizo sólo en los años del tránsito, esos en los que ejerció el sufragio efectivo para salir del autoritarismo del siglo XX. Ese viento de fronda sopló fuerte y se fue rápido. Ya no se va a la casilla a demandar que el voto cuente y se cuente, lo cual se asume sin más y es una conquista histórica decantada (y en esto difiero de las previsiones de los liberales más pesimistas): se va a castigar o a recompensar a quienes se disputan el poder. Y en ese terreno gana la opción que se siente más cercana. El PRI, el PAN y el PRD se han limitado a la denuncia de la eventual corrupción, del desmantelamiento de los organismos públicos constitucionales, de la militarización y la estadística de la seguridad pública. No bajaron a tierra jamás.
4. Quiero imaginar qué habría ocurrido si esos partidos —y sus candidatos en los distritos, las senadurías, las gubernaturas y las presidencias municipales— hubieran trabajado consistente y planeadamente a ras de tierra, con conocimiento de la situación de la gente en las colonias populares y las comunidades rurales. Esa era la única posibilidad de contrastar el avasallamiento de la percepción social por la literal percepción en los bolsillos, como ya lo apunté, pero, además, frente a la muy congruente y reiterada convocatoria del presidente López Obrador de hacer de los comicios un plebiscito: están conmigo o contra mí, con la transformación o con el regreso de las oligarquías corruptas, con los programas sociales o con el desconocimiento de las necesidades populares. Se dijo mucho que una de las ventajas del 2024, comparado con el 2018, sería que AMLO no estaría en la boleta. Pues sí estuvo. No es gratuito que, como comentó Leo Zuckerman a propósito de un lúcido análisis de Carlos Tello Macías (en el programa “La hora de opinar”, 3 de junio de 2024), los porcentajes de votación de Sheinbaum fueran muy similares a los de las recientes calificaciones a favor del presidente y los de la suma de Xóchitl y Máynes muy parecidos a los de su desaprobación.
5. Esa batalla por la percepción en el terreno de las frases y la navegación emocional, en la medida en que son caja de resonancia de lo que está en boga, estaba perdida en medios y redes sociales, es decir, en las “campañas de aire”. Lo del desplegado de los intelectuales y la “comunidad cultural” fue una iniciativa desafortunada, pues, promovido y encabezado por las revistas y personajes a los que AMLO descalificó una y otra vez desde el inicio de su mandato, lo único que hizo fue fortalecer la percepción del adversario auspiciada desde Palacio Nacional. La alianza opositora tenía dos caminos para competir por la percepción: el del trabajo intenso y racional en la dimensión de lo local y el del lanzamiento de una propuesta pública perfectamente ubicable no sólo por sus contenidos sino por su fraseo y su representatividad política y social. Y lo digo con el debido énfasis: sobre todo por su representatividad social.
6. El primer camino lo recorrió Morena con los empleados del gobierno federal, los servidores de la nación, que, visita tras visita y casa por casa, se dedicaron con persistencia a machacar entre la gente la necesidad de votar por Sheinbaum y compañía para poner a buen resguardo los programas sociales. A ello se sumó el hecho de que, para la coalición triunfadora, la contienda federal jaló a las locales, las subordinó y benefició de una manera aparentemente inercial, pero en realidad bien premeditada y con un sentido estratégico. Otra vez: López Obrador sí estuvo en la boleta. Lo que se hizo de esta parte, la de Morena y su gobierno, no fue, sin embargo, un trabajo propiamente local, y eso dejaba un amplio, aunque arduo margen de trabajo a la oposición. Con todo, no se entendió la importancia de confrontar a la gente por sectores, cuadrantes urbanos y comunidades rurales, con su requerimiento objetivo y desatendido en materia de servicios públicos, seguridad, salud, educación y empleo, es decir, con su cotidianidad inmediata.
7. En la teoría de las políticas públicas, los problemas se construyen desde las realidades que la gente considera sentadas o ya dadas, esas que por su cercanía se dejan de poner en valor. Pues bien, desde lo local pudieron haberse construido esos problemas y confrontarlos con el discurso de la inclusión, el nuevo humanismo, el bienestar del pueblo y demás lemas propagandizados desde el poder. Llegar con los habitantes de cada comunidad rural y cada colonia popular a mencionar los problemas, planteando alternativas concretas para su resolución (o por lo menos exhibiendo las carencias, poniendo ante la población un espejo que le devolviera su imagen de cuerpo entero). Esa segmentación tendría que haber guiado las campañas locales, fortaleciendo desde abajo las candidaturas federales, y particularmente la de la presidencia de la República. A diferencia de lo que sucedió con Sheinbaum, y en especial con AMLO, nunca se vio que el factor Xóchitl pudiera jugar como remolque de las candidatas y candidatos a senadurías, diputaciones federales, gubernaturas, presidencias municipales y diputaciones estatales. Tendría que haber ocurrido, entonces, al revés: en el caso de la oposición, lo local debió haber jalado la percepción de lo nacional. La elección pasó y la oposición se siguió descubriendo en una burbuja ideal y ceñidamente democrática.
8. La segunda vía por la que no se transitó fue la de la generación de iniciativas articuladas, susceptibles de difusión masiva en redes, spots, volantes y desplegados, así como entre la comentocracia de medios impresos y electrónicos. Una de ellas tiene que ver con lo que pudo haber sido el correlato de la marcha-concentración, de efímero impacto, de la marea rosa: la realización de reuniones amplias y representativas de las organizaciones políticas junto con las de la sociedad civil, la vida económica y cultural por estados para dar lugar a los acuerdos por entidad, hasta arribar a la convocatoria nacional que diera lugar a un Gran Acuerdo por México, destacando las consideraciones y propuestas sobre los temas más álgidos de la agenda pública. De hecho, creando una agenda pública y dando orden a la deliberación, cosa imposible en el esquema tradicional de visitas rápidas, mítines y debates televisados. La representación de líderes sociales, empresariales, profesionales, gremiales, de la diversidad de identidades (empezando por las de género y siguiendo con las prohijadas por la violencia y la exclusión), defensores de derechos humanos, periodistas y activistas, personalidades de la cultura, la academia y el deporte, entre muchos otros, debió dar resonancia y legitimidad a este planteamiento, yendo mucho más allá de la guerra de desplegados firmados por nombres desgastados por el golpeteo implacable de las mañaneras. Se trataba, pues, de algo así como una moción propiciadora de un nuevo ánimo colectivo: una moción productora de emoción.
¿Qué sigue? Mucha reflexión seria y sin concesiones, mucho procesamiento de información y, sobre todo, romper la burbuja, empezando por la mental. Una auténtica propedéutica. La intelectualidad liberal, en principio, tiene que hacer una autocrítica profunda: reconocer que la transición democrática que promovió, celebró y continúa celebrando, no sólo fue ineficaz en términos de resultados sociales, sino que dio lugar a una reducción de los cauces de la participación pública, reduciéndola al derecho al voto, consagrando la partidocracia (o, más estrictamente, la pura negociación de las oligarquías partidistas) y desentendiéndose de las necesidades de la gente y de otros actores sociales. Las dirigencias de los partidos tendrán que entender que la batalla por la percepción pasa por la construcción de los problemas y no sólo por la crítica de lo que no se ha hecho o se ha hecho mal, empezando por bajar a tierra y soltar sus amarras burocráticas. ¿Es necesaria otra oposición? Sí. ¿Es necesario un nuevo sistema de partidos? No lo sé, depende de los partidos mismos.
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Ronaldo González Valdés. Culiacán, Sinaloa (1960). Sociólogo, historiador y ensayista. Sus últimos dos libros publicados son George Steiner: entrar en sentido (Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2021) y Culiacán, culiacanes, culiacanazos (Ediciones del Lirio, México, 2023).
