Populismo versus liberalismo
Populismo versus liberalismo. Publicamos este texto que es una aportación especial de José J. Sanmartín, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Alicante, España, y miembro del Consejo Editorial de POLITEiA, y que se incluirá en la edición de papel del núm. 100 de la revista, que estará en circulación a partir del 3 de diciembre
ENSAYO
José J. Sanmartín
La emergencia de epifenómenos populistas en diversas naciones, tradiciones e ideologías ha generado tanto colisión como distorsión. Ambos hechos constituyen a la vez causa y consecuencia de un proceso crecientemente perturbador de la pax liberali occidental; se trata del culto a un irracionalismo rampante, que afirma prejuicios y valida segregaciones. Lo uno y lo otro conduce a situaciones imposibles de aguda tensión social. La crítica al liberalismo es del todo pertinente y necesaria; no así la corrosión destructiva contra la democracia representativa. Bajo el manto políticamente correcto de propuestas ideológicas alternativas, han aparecido productos de combate propagandístico que pretenden el debilitamiento de la arquitectura democrática. No se cuestiona la bondad en las intenciones de esos autores, pero sí su análisis de variables y su evaluación de riesgos. Las obras intelectuales también deben valorarse por los efectos que provocan; no sólo por la declaración de intenciones -siempre beatífica- proclamada por los autores. Cuando se dejan resquicios en una construcción teórica, ésta puede trocarse en un arma de capacidad aniquiladora absoluta.
La Historia aparece salpicada por una plétora de intelectuales irresponsables, cuya paternidad más lacerante para la Humanidad fueron ideas consumidas por ominosos enemigos de la libertad. Porque la libertad existe como un hecho tangible, no quimérico ni hipostasiado. Conviene tener esto presente, en tanto la libertad siempre será individual, arraigada a la persona, a cada persona. Un individuo sabe los derechos que tiene, lo que puede hacer o no, hasta dónde puede llegar cada día; moverse, trasladarse, expresarse, transmitir conocimiento o recibirlo, y un largo elenco de posibilidades (elevadas a la categoría de realidades empíricas).
La presunción de existencia de libertades colectivas, históricas u otras formaciones igualmente universales falla estrepitosamente por la imposibilidad de ejercerlas por cada persona. Los grupos, las masas, no son repositorios de libertades para cada persona. La libertad es siempre concreta; estando, además, determinada por su naturaleza asible. Como expresara el maestro Norberto Bobbio, la democracia no es un concepto “elástico”; en su “contraposición a autocracia, es un concepto de contornos precisos” (Bobbio, 1978: 125). Aquí, todo lo que signifique dispersión también lo es de cesión.
No existe lugar bajo el sol en ámbitos implacablemente dicotómicos. La libertad individual de unos (por avanzados que se consideren desde una pretendida vanguardia intelectual u otra) no puede constituirse en sojuzgamiento de otros. La libertad puede tener diferentes caminos, pero un solo destino: la autonomía personal, la dignidad de cada uno. Al mismo tiempo, en una capacidad de adaptación realmente prodigiosa, coexisten discursos lesivos de esa libertad en base a reivindicarla retóricamente…para dejarla aprisionada una vez se conquiste el poder. Entre otras técnicas de persuasión y adhesión, se emplean variantes de populismo enfocado -eso sí- a consolidar posiciones de manera gradual para el partido, el grupo o la organización que así lo busca.
Lo nuevo es la vehemente -e interesada- alianza entre mentores y actores del populismo, que retroalimentan sus respectivos discursos para reforzarlos ante una sociedad plural en la que no creen. Se persigue ansiosamente avanzar en la escala social, consolidar prestigio intelectual, merecer un amplio reconocimiento, incentivar una carrera profesional, etc. El cursus honorum en política (sea pasiva, sea activa, sean intelectuales, sean políticos) es un atajo para lograr esos objetivos. A tal efecto, se necesita pulsar las emociones -incluso primitivas- para enervar y tensar, que es la forma populista de motivación por antonomasia. El populismo vive de bestias negras, a las que confiere atributos -y propósitos- arteramente malvados o tangencialmente abyectos; la clave es activar así una reacción masiva de repudio visceral contra lo señalado como enemigo. Sin esos antagonistas totémicos, todo populismo quedaría reducido a minoría irrelevante. De ahí la naturaleza inexorablemente inmoral de la mayor parte de prácticas populistas. La proyección mediática y el recorrido social de su narrativa manipuladora es lo que puede marcar su éxito.
A este respecto, la formulación schmittiana fue igualmente nítida: la “oposición o el antagonismo constituye la más intensa y extrema de todas las oposiciones, y cualquier antagonismo concreto se aproximará tanto más a lo político cuanto mayor sea su cercanía al punto extremo, esto es, a la distinción entre amigo y enemigo” (Schmitt, 2021: 62).
La transición hacia un populismo de masas exige condiciones determinadas. La creación de mitos irracionales -de unos contra otros, con exclusiones maniqueas por doquier- como fórmula asequible y tóxica que los líderes populistas usan para elevarse desde abajo hacia arriba. La demagogia siempre ha existido, pero nunca -desde los años treinta del siglo XX- ha permeado socialmente como ahora. Las narrativas de partidos y políticos han sido simplificadas hasta el agotamiento. Derechas e izquierdas usan el populismo de manera irrestricta, generando exclusiones y afirmando limitaciones. Los moderados quedan proscritos; el diálogo, bajo sospecha, y la negociación vista como acto de sumisión. El “diálogo” se establece sólo cuando una parte decisiva está convencida de su victoria y desea imponerla. Los valores propios de la democracia aparecen como cuerpos extraños en su mismo desarrollo. Las acusaciones extremas de unos contra otros, y de todos contra todos, son abusos continuos para la sociedad.
En esta encrucijada, la eclosión de lineamientos antidemocráticos -bajo pretexto de ejercitar la crítica al liberalismo- es una derivada omnipresente. La cosmovisión interesada que la ultraderecha europea realizó de su propia interpretación de metapolítica disfruta de máxima influencia. Los autores herederos del nazi-fascismo ya en los años sesenta del siglo XX -incluso antes, incluyendo los precedentes- comprendieron la necesidad de infiltrar conceptos de su pensamiento extremista entre diferentes estratos políticos y sociales. El objetivo era permear a sectores cada vez mayores con las ideas de autoritarismo inducido, la aversión al liberalismo, la denostación de la democracia representativa bajo el disfraz de auspiciar otra forma de libertad, la superioridad de raza y/o clase, la crítica vehemente al capitalismo, la desintegración de la democracia, la deslegitimación de las instituciones, la perdida de tradiciones clásicas, la recuperación de una identidad supuestamente amenazada, etc. A todo ello se sumaron elementos intrínsecos de la cultura marxista, por ejemplo, pero adaptadas a los fines de la Nouvelle Droite y otras familias políticas análogas.
El establecimiento de una hegemonía cultural implantando un relato propio era una condición sine qua non. La utilización del pensamiento gramsciano era poderoso acicate para trascender apariencias y ropajes… aún manteniendo los objetivos característicos de la derecha extrema europea. Por consiguiente, el revestimiento de ideas autoritarias propias con ideas sociales o culturales ajenas ha demostrado una utilidad altamente rentable para los antidemócratas. Más, si cabe, cuando han contado con la aquiescencia intelectual y política -consciente o no- de un número excesivo de los referidos mentores y actores.
Las fuerzas irracionales (no sólo las radicales) de izquierda y derecha han asumido como vector operacional esa segmentación de la sociedad, para confundirla, para dividirla, para asfixiarla. El objetivo último es la dominación, lo cual se hará conquistando posiciones; la colonización cultural como primera fase; paso a paso. El discurso autoritario suma adeptos en diferentes países, incluso en espacios políticos declaradamente antifascistas. Que determinadas izquierdas estén aplicando las fórmulas de la extrema derecha derrotada en la Segunda Guerra Mundial, revela algún grado de inoperancia analítica.
El populista crea castas de manera deliberada para segregar a personas contra personas, a grupos contra grupos; de tal manera, además, que quienes aparecen identificándose como parte del problema descrito por las narrativas populistas, intentan -como impulso instintivo- abandonar el barco de la libertad. Esto es, abrazan una formulación autoritaria de “libertad”, consistente en una crítica acerbamente destructiva de los mecanismos y los procedimientos de un Estado de Derecho. La democracia constitucional de Loewenstein, vituperada; la libertad de cada persona, humillada. El descaro insultante con el que se ofende a personas demócratas y a ideas democráticas es parte consustancial de la guerra psicológica operada por grupos ultra estrictamente dirigidos. No existe la casualidad en política; a lo sumo, la causalidad. Y no siempre.
Una parte nada desdeñable del pensamiento populista es deudora de la contribución de Carl Schmitt. Este autor nítidamente conservador ya consideró la politización como hecho cenital. Los populistas de izquierda o derecha imponen la politización como un componente indispensable de su acción pública. La conquista de territorios que deben dominar es requisito validador para ellos. El sectarismo sólo es pernicioso cuando lo hacen “los otros”. El maniqueísmo en su esplendor. En vez de localizar espacios de entendimiento que faciliten la distensión, los radicales prefieren tensar la cuerda. La presión al máximo les es positiva. Su desprecio al ideario berliniano de pluralismo, diálogo o democracia resulta expresión lograda de su voluntad de poder irrestricto.
El rechazo frontal de Schmitt al Estado neutral clásico es compartida incluso por los populistas de izquierda extrema. Así, frente a una concepción del Estado como ámbito con “neutralizaciones y despolitizaciones de importantes dominios de la realidad”, Schmitt establece el surgimiento de un Estado “total basado en la identidad de Estado y sociedad, que no se desinteresa de ningún dominio de lo real y está dispuesto en potencia a abarcarlo todo” (Schmitt, 2021: 55). En consecuencia, en esta modalidad de Estado “todo es al menos potencialmente político” (Schmitt, 2021: 55).
Todo populismo busca la politización masificadora de la sociedad, quedando ésta, además, sometida a una práctica cooptadora del Estado. Patrimonialización ideológica y política, mas también imposición de narrativas mayormente irracionales acerca de la interpretación del pasado, del análisis del presente y diseño -igualmente autoritario- del futuro. Cualquier populismo se considera a sí mismo como un todo teleológico, no como una parte de un conjunto idealizado. La alienación ideológica que produce es tan devastadora que afecta no sólo a los acólitos de base, sino también a los cuadros y mandos. Habitualmente, los niveles directivos suelen quedar ajenos a esos movimientos laterales de subordinación psicológica, pero el impacto de los lavados de cerebro a través de hiper ideología son tan intensos que se logra el sometimiento pleno. La creación de una teología política es la siguiente fase; la emergencia de dogmas y figuras ancestralmente reverenciados en la propia comunidad de creyentes se troca realidad implacable.
El populismo es brutalmente maniqueo en su operativa. La segregación positiva -y, por ende, negativa- es un resultado deliberado. Aquellos que rechazan la politización rampante, quedan bajo un estigma silente. Los enemigos aparecen señalados como parte del anti pueblo. Las hormigas populistas no pueden zafarse -ni tampoco quieren- de la telaraña schmittiana. Carl Schmitt lo expresó con mayor sinceridad: la “posibilidad de agruparse como amigos y enemigos basta para crear una unidad que marca la pauta” (Schmitt, 2021: 75). La superposición de la dogmática política sobre cualquier otro factor social se manifiesta en demasiadas corrientes pseudo filosóficas “post”. El atropellamiento en la huida de términos asentados como lucha de clases, superestructura, entre otros, para sustituirlos por “conceptos” acerca de lo que todavía no está intelectualmente rodado, ha demostrado sus límites analíticos e incluso explicativos. La hiper ideología en tanto teorización ampulosamente dispersa, casi etérea, de ideas en barbecho ha quedado expandida de manera truculenta; la dictadura de las creencias impuestas desde la cúpula del poder ideológico emerge como una fisura lacerante. Más, si cabe, cuando esas ideas -de fuerte densidad reactiva- carecen del debido rodaje experimental. Sería más coherente aprender de clásicos tan sensatos como Hobsbawn antes que hacer excursiones diletantes.
En el fondo, el populismo entroncado con la tradición de Ernesto Laclau y otros autores acaba derivando en una preeminencia de las élites dentro de hipostasiados movimientos sociales (que, en realidad, no lo son). La aspiración de crear una “totalidad ideal” del pueblo marca una diferencia cualitativa entre la democracia liberal y la denominada (por demostrable) democracia populista. Ésta se constituye en tanto afirmación de una unidad absolutizada, donde la parte del pueblo con la correcta conciencia política quedaría investido como la parte legítima del mismo. La negación del pluralismo es inherente a todo populismo, sea izquierdista o derechista. El populismo no es una forma alternativa de democracia, sino una forma indirecta -pero igualmente dañina- de rechazo a la democracia representativa. En ésta todos los defectos, todos los déficits, pueden ser subsanados mediante procedimientos legales inherentes a esa democracia. Para ello ha menester la disposición de una mayoría que así lo respalde. La incapacidad para aglutinar ese apoyo, no es una merma de la democracia, sino de los convocantes que no logran concitar adhesión a sus propuestas. El populismo suele cuestionar (y erosionar) todo aquello que no puede dominar.
El liberalismo plantea el pluralismo existente en toda sociedad como base irrenunciable. Se trata de un acto de coherencia: la sociedad es diversa; el liberalismo da respuesta a esa realidad. Toda ideología (por plena que fuere) o percepción (por simple que fuere) que desatienda la diversidad, cae de bruces ante la imposibilidad de desplegarse. La reivindicación de los antagonismos como alimento energético para el avance ideológico, o la recuperación (operativa) de esa relación amigo/enemigo impulsada por Schmitt, todo ello en una dirección no moderada ni democratizada, presupone causas que no existen y consecuencias que no se darán. Aún desde la beatitud analítica, las propuestas de Laclau o Mouffe deben ser examinadas de nuevo por discípulos realistas. El pragmatismo se impone cuando la democracia está en juego.
Cuando Mouffe en El retorno de lo político sostiene que el liberalismo es “profundamente incapaz de aprehender el papel político y el papel constitutivo del antagonismo” da en la clave parcialmente. Porque el liberalismo berliniano, no sólo el rawlsiano (por mencionar lo citado por la autora), basa su comprensión de la realidad en la imposibilidad de lograr un acuerdo pleno de todos con todos. Se impone, sostiene Berlin, la convivencia desde la diversidad. Los liberales sin fuste torcido pueden auspiciar una aproximación a la realidad como diversidad, pero no como una totalidad a reconstruir; nunca. Por el sencillo hecho que esa pretendida realidad totalizadora no ha existido, ni existe; afortunadamente. Laclau y Mouffe aciertan de lleno cuando sostienen que la “lógica democrática no basta para formular un proyecto hegemónico” (Laclau y Mouffe, 2023: 235). Efectivamente, una democracia constitucional decente nunca pretenderá ejercer un dominio hegemónico sobre sus ciudadanos libres; hacerlo comportaría dejar de ser democracia, constitucional y decente.
Ni el liberalismo progresista de Norberto Bobbio, ni el pluralismo berliniano, tampoco podrían validar el argumento de Mouffe en El retorno de lo político recomendando el abandono de la “perspectiva racionalista que lleva a obliterar lo político en tanto antagonismo”. La democracia busca el acuerdo, se basa en el entendimiento entre diferentes. La capacidad de negociación y transacción es un elemento altamente valioso. La elusión de choques frontales resulta indispensable para la convivencia democrática. La politización radical o su correlato narcisista (y plúmbeo culturalmente) que es la hiperideología son lo contrario al término medio aristotélico, donde el equilibrio y la ponderación se daban la mano. Si el racionalismo no es la panacea absoluta en todos los casos, su renuncia al mismo no garantiza un develamiento de la verdad más rápido o eficiente. Además de que desposeer a la sociedad del racionalismo como herramienta (que es eso para el liberalismo), conduciría al drástico aumento de la confrontación civil. Porque la Razón, la democracia, es también Derecho o, como expresó Bobbio, normas de procedimiento. La democracia constitucional no puede subsistir sin leyes, sin normas jurídicas. El Derecho no es un apéndice incómodo o innecesario, sino la misma base rectora sobre la cual consolidar derechos y libertades.
La eliminación de los “checks and balances” en un sistema democrático activarán resortes imprevisibles para los apologetas de esa falsa liberación. El desarme de la democracia frente a los discursos y las estrategias de violencia es el sueño semi oculto de quienes promueven actos tan antiliberales como el acoso ideológico, el señalamiento personal, la presión social, entre otras “acciones”. Dejar al albur de las emociones lo que es el funcionamiento de una democracia debilitaría en grado sumo a las propias instituciones representativas, el cumplimiento (efectivo) de las leyes, el mismo contenido democrático realmente operativo y la seguridad nacional del país afectado. Porque todo lo que comporta vulnerabilidades atrae a los lobos. Una “democracia” extremista basada en la primacía de las emociones es el derrumbe programado de un Estado de Derecho.
En otro orden de cosas, se impone la tarea de rastrear las ideas antidemocráticas heredadas y que, incluso inadvertidamente, se repican en la actualidad en distintas fuentes bajo superficies adaptativas. La infiltración del pensamiento autoritario resulta particularmente efectiva e insidiosa. Recordemos a autores como Giovanni Gentile o Alain de Benoist, entre otros. La intrusión de algunas de sus ideas -sibilinamente encubiertas por epígonos- han incidido en la visión de cuestiones cenitales para movimientos sociales, partidos y otras fuerzas democráticas. El cultivo de la conflictividad, el fomento de la exclusión, la negación del Estado de Derecho, nunca ha sido credencial de civismo democrático.
El decisionismo schmittiano late en el espíritu populista en formas variables, pero siempre con un acusado ejecutivismo. Lo cual requiere de líderes fuertes para arrasar con un estilo vehemente y agresivo. De lo anterior se deriva otro efecto lesivo del populismo: el culto a la personalidad, con sus inevitables cargas de irreflexión, mentalidad gregaria, subcultura prebendaria, mitificación de la irracionalidad, discurso del odio, etc. El hiperliderazgo desvertebra a una organización, debilitando protocolos de actuación basados en la lógica. En tanto herramienta de poder y fin en sí mismo, el populismo busca no sólo la conquista -y la colonización- del Gobierno, sino también del Estado, de la economía, de la sociedad, y un largo elenco. Además, se trata de una fórmula de amedrentamiento social. Su efectividad reposa en su transversalidad, y ésta produce insumos desigualmente distribuidos. El populismo sólo necesita ser eficiente mínimamente en la gestión, pero sí esta compelido a ser máximamente eficiente en su política emocional. La irracionalidad debe ser sembrada y cultivada para obtener cosechas. Como sostiene Eva Illouz haciendo referencia a Jan-Werner Müller, el populismo “puede resultar inmensamente atractivo a pesar de los modos en que daña los intereses económicos de sus partidarios” (Illouz, 2023: 27).
En esta encrucijada, aún asumiendo la buena fe de algunos forjadores de teoría populista, esa decantación negacionista de la racionalidad genera -de facto- una disminución de la democracia. La libertad de expresión o los derechos de las personas no son compatibles con la auto represión de la libertad, ni con la auto limitación del ejercicio de los derechos. Isaiah Berlin señaló el camino del pluralismo de valores para comprender mejor las sociedades democráticas avanzadas, cada más complejas, más abiertas. Las tentativas de constreñir esa riqueza inciden negativamente sobre la sociedad afectada. Así, la diseminación tóxica de justificaciones conspirativas, los ataques continuos contra el Estado de Derecho y “sus” minorías dirigentes, figuran entre las viciosas estratagemas -ajenas al espíritu de Schopenhauer- que contaminan la sociedad, la cultura, todo lo que impregnan. El enfrentamiento entre iguales para que dejen de serlo resulta peculiarmente doloroso. Como indica sañudamente Illouz, el populismo tiende a “reforzar la identidad del grupo mayoritario, reparar heridas simbólicas (reales o imaginarias) y enfrentar varias identidades entre sí” (Illouz, 2023: 27). La crispación como ingrediente socializador de la alienación ideológica promovida por el populismo de turno, siempre atento a desarmar la democracia.
El reduccionismo practicado -inevitablemente- por todo populismo asola Historia y Razón; en su línea. Una manera grosera de bloquear, ralentizar o detener incluso el desarrollo liberal de las sociedades democráticas. La quimera de una “democracia” populista, radical o ideológica se desploma ante evidencias palmarias como la necesidad de fiscalización y control sobre el poder político; éste último queda santificado como expresión de voluntad en la teoría populista. En una auténtica democracia liberal (o democracia constitucional de impronta loewensteiniana), se parte de instrumentos que permitan la verificación de procedimientos y actuaciones. El liberalismo presupone la no vigilancia contra cualquier pensamiento político; la libertad también está en el disentimiento. Porque, ante todo, el planteamiento liberal clásico -ni extinguido, ni extinguible- se arraiga en una convicción suprema: la creencia en la evolución gradualista, genuinamente progresista (en sentido filosófico literal), frente a las rupturas, los choques, las violencias, los combates y otros dislates históricos característicos de iluminados desenfocados.
Desde los tiempos de John Stuart Mill persisten liberalismos de izquierda, centro y derecha como aserción de la libertad de cada persona, respeto a las leyes, la convivencia cívica, la tolerancia política y el pluralismo en general. Cada corriente liberal desde su percepción, con plena capacidad y dignidad, convive con las demás sensibilidades liberales en sana paz (no exenta de discusión inarmónica). Lo que no puede haber es un liberalismo autoritario, carente de humanidad y ayuno de humanismo, ausente de sus responsabilidades, renuente ante sus compromisos y convicciones, etc. Incluso los antidemócratas -en particular los que se disfrazan de antiliberales- comprenden que el liberalismo es el “hogar” más odioso para una persona de vocación totalitaria. El mundo debería ser perfecto, salvo un poco. Porque la perfección es una facultad de Dios. Nos queda siempre un paso más que dar, un esfuerzo más que hacer. Ese “casi” es lo que nos obliga cada día a trabajar para comprender a los otros, y para ser comprendidos por los demás. He aquí la actitud liberal. El respeto como dimensión moral de la dignidad; todos, o ninguno. La libertad, siempre.
Bibliografía.
BOBBIO, Norberto (1978). ¿Qué socialismo?, Barcelona, Plaza & Janes Editores.
ILLOUZ, Eva (2023). La vida emocional del populismo. Cómo el miedo, el asco, el resentimiento y el amor socavan la democracia, Barcelona, Katz Editores.
LACLAU, Ernesto (1986). Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo, populismo, Madrid, Siglo XXI de España, tercera edición.
LACLAU, Ernesto (2008). La razón populista, México, Fondo de Cultura Económica.
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MOUFFE, Chantal (compiladora) (2011). El desafío de Carl Schmitt, Buenos Aires, Prometeo.
MOUFFE, Chantal (2021). El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, Barcelona, Paidós.
SCHMITT, Carl (2021). El concepto de lo político, Madrid, Alianza Editorial.
SCHMITT, Carl (2004). El Leviathan en la teoría del Estado de Tomas Hobbes, Granada, Editorial Comares.
SCHMITT, Carl (2006). Legalidad y legitimidad, Granada, Editorial Comares.
El autor agradece a la profesora Marta Méndez Juez la revisión del manuscrito.
