Revista del Pensamiento Político

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Cuentistas Jóvenes

LOS CORRIDOS TUMBADOS

Andrea Berrelleza

Hace muchos años, por allá en la Europa medieval (entre el s. X y el s. XIV), los juglares hacían la chamba de artistas ambulantes; tocaban instrumentos musicales y cantaban, contaban historias y leyendas, hacían espectáculos callejeros para entretener a la gente a cambio de dinero. Los versos que escribían para sus canciones a veces contaban una historia o una noticia relevante que hubiera pasado en otro pueblo, pues, cuando aún no se creaba la prensa en Alemania, esa era la manera por la que se daban a conocer algunas noticias.

Algo así pasaba en el México de los siglos XIX y XX. Fue en la época de la Independencia cuando, por primera vez, empezaron a conocerse los corridos; el fin de éstos era, como en el Medievo, dar a conocer noticias relevantes, eventos y personajes a la sociedad que, casi toda, era analfabeta. Luego, desde la dictadura de Porfirio Díaz hasta la Revolución, tuvieron un mayor auge y popularidad, pues ya no sólo eran una forma de contar historias, sino, también, de animar a lxs revolucionarixs y rendir honor a quien se mencionaba en el corrido.

Hoy en día, muchxs les damos una connotación un tanto negativa y desagradable a los corridos porque la misma cultura nos ha llevado a hacerlo, ya que, en los noventas, Chalino Sánchez popularizó los que ahora conocemos como narcocorridos y se volvieron tan populares que, al escuchar el término corrido, creemos que todo va de lo mismo.

Los narcocorridos son corridos que rinden honor o cuentan la historia de algunxs narcotraficantes en específico (casi siempre, varones); se habla de ellxs tal cual fueran héroes revolucionarixs, cuentan las hazañas por las cuales llegaron al lugar socioeconómico en el que están; se presumen las riquezas que han obtenido, un estilo de vida lujoso lleno de riqueza material (autos, dinero, casas), mujeres y reconocimiento y admiración por parte de la sociedad.

Pero, como todo lo que concierne al consumo social, la música también se modifica y se adapta a la demanda de la sociedad actual. Casi siempre, el monopolio de la felicidad (el consumo) tiene como blanco principal a lxs jóvenes y adolescentes, quizás porque la búsqueda de su personalidad y la necesidad de aprobación y pertenencia a los grupos provoca cierta vulnerabilidad y facilita el logro de la doblegación ante este fenómeno llamado consumismo.

Por otro lado, el arte es un reflejo de la sociedad, dicen, y, a veces, también dicen, la sociedad imita al arte. El arte también es una parte que representa la cultura, entonces, me pregunto una vez más: ¿nosotrxs hacemos la cultura o la cultura nos hace?

Primero que nada, me gustaría exponer una pregunta más: ¿cuál es el límite entre el arte como expresión y apreciación estética y el arte como negocio de consumo? La producción de arte surge, dicen lxs artistas, de la necesidad de expresar pensamientos, sentimientos y emociones mediante una práctica que implica estética (se puede hallar en las artes visuales, la música, la literatura). Las producciones artísticas remueven emociones en quienes las consumen y depositan las perspectivas de lxs productores artísticxs en esxs consumidores (hay que ser de mente abierta para percibirlas). Es una forma de promover y expandir la cultura, también. Dejando mi percepción y mi cuestionamiento claros, quiero hacer hincapié en la música como la forma que va a tomar el arte en este texto.

Hace todavía unos meses, casi todas las canciones del último álbum lanzado por Bad Bunny se encontraban enlistados en el Top 50 México (y, algunas, en el Top 50 Global) en Spotify (sé que Spotify no es la única forma de medir el consumo musical a nivel nacional y mundial, pero es la aplicación de reproducción de música que más tengo a la mano) y sabrá Dios cuántos meses estuvo así. Luego, el tonto le aventó el celular a una fan suya por querer tomarse una foto con él y el público le dio boleto de salida a su música de esa lista (con alta probabilidad de que sólo sea temporalmente).

Luego llegó Peso Pluma. Debutó con un corridito que ellos le denominan tumbado. Pero ¿qué son los corridos tumbados? ¿De dónde se cayeron o qué? La revista Billboard dice que los corridos tumbados son un subgénero de los corridos (así como los narcocorridos) que se distinguen por incluir tintes de rap, trap, hip-hop y, a veces, hasta reguetón; también, pudiéramos adjudicarles letras que son más explicitas en cuanto a vocabulario altisonante y que versan sobre el tráfico de drogas per se y todo lo que eso implica (armas, violencia, dinero), además, objetivización e hipersexualización de la mujer.

Ya se había escuchado de este género antes, los bautizó un tal Natanael Cano, un plebillo mexicano norteño que no tenía ni los veinte años, pero su popularidad aumentó cuando le mentó la madre a Pepe Aguilar… poco inteligente su jugada ¿o quizás no? La cosa es que este compa (el compa Nata, como le dicen o se dice él mismo) fue el primero que sacó esta nueva propuesta musical (si se le puede llamar así).

Peso Pluma, sin embargo, hasta abril del 2023, ha tenido mucho mayor éxito y popularidad que el compa Nata en muchísimo menos tiempo. Sospecho que pudiera ser porque, cuando el Nata sacó su rollo, Bad Bunny era quien encabezaba los gustos musicales y no hubo cabida para él; Peso Pluma, por su parte, se lanzó en un momento en el que no sonaba nadie con tanta fuerza y popularidad, entonces tomó ese lugar. Pero, ¿por qué Peso Pluma se ha ganado esa popularidad y no alguien más? Además de considerar que esto también deriva de cómo el Peso Pluma acribilló Spotify añadiendo una tras otra tras otra canción, colaborando con muchxs otrxs intérpretes, quisiera compartir lo siguiente.

En la capital del corrido, como le llaman a Culiacán en uno de ellos, fue en donde se popularizó bastante el género (principalmente los narcocorridos después de su aparición) y, después de muchos años (y muchos consumidores), ya se ha convertido en parte de nuestra cultura. Pero, tanto los narcocorridos como los corridos tumbados, son manzana de la discordia: hay quienes están en completo desacuerdo con su existencia y hay quienes los consumen y disfrutan ese consumo.

Quiero hacer un análisis muy pequeñito y muy superficial sobre estos corridos, ya que mis conocimientos (musicales) no son lo suficientemente amplios para hacer mejores y más profundas observaciones. Dicen que los corridos tumbados tienen una elaboración muy pobre, tanto lírica como musicalmente; según, son ensambles muy sencillos, muy básicos y con poco (o nulo) desarrollo: ritmo básico, melodías muy masticadas, armonías sencillas para principiantes y muy repetitivas, pero, analizando uno de sus éxitos más grandes, Ella baila sola, se puede encontrar que, aunque sólo son tres acordes (lo que es una cantidad de acordes común en los corridos), no son los básicos C (do) y G (sol), sino que van un poquitín más allá con acordes de cuatro voces, tales como C# (do sostenido), D#7 (re sostenido siete), C7 (do siete) y Fm7 (fa menor siete). Por otro lado, los intérpretes sí son desafinados y tienen timbres de voz simplemente feos… Además, líricamente, tampoco cumplen con grandes expectativas: versos fuera de tiempo, con recursos literarios muy muy limitados, jerga vulgar e impropia y con mensajes poco ilustrativos. Y con todo esto, ¿por qué la gente continúa consumiendo esa música? Digo, es que Peso Pluma estuvo a la cabeza en la lista del Top 50 México con quince canciones y eso sin considerar a otrxs intérpretes de corridos tumbados

Creo que al público en general no le importa en lo absoluto lo que escribí en el párrafo anterior, ya sea porque no hay un conocimiento como tal sobre los aspectos que ahí valoré o porque llanamente es irrelevante, pues “la música es para disfrutarla”, el arte en sí es para disfrutarlo, apreciarlo, aunque en esta situación no veo muchos aspectos para apreciar estéticamente. Es por eso que creo que este fenómeno de consumo masivo tiene más que ver con aspectos meramente sociales.

Se ha dicho que Hassan (el Peso Pluma, pues) viene de una familia muy adinerada y es por la inversión que ha hecho en su proyecto por lo que ha logrado tal popularidad, al grado de que ya apareció con Jimmy Fallon (en The Tonight Show), por lo cual ha sido criticado duramente porque no tiene el peso (ahora que sí) en cuanto a talento de otrxs mexicanxs que han estado en el programa (como Salma Hayek, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón o Diego Luna, entre otrxs). Todo se puede resumir al poder del dinero: el bato tiene dinero y ha comprado los espacios clave para ser consumido y crecer como la espuma; es inteligencia, pero también es su privilegio de tener los recursos necesarios para ser popular. Pero yo quiero, más que hablar del dinero en sí, hablar de otras cosas que acontecen en medio de todo este fenómeno que está en boca y en Spotify de (casi) todxs.

Dijo una morra que hace Tiktoks que el compa Nata no tuvo tal éxito porque, físicamente, carece de eso que el doble P tiene y es que ella alude al color de piel: Peso Pluma es blanco, mientras que el Nata es moreno. Dice que el Nata le chingó para darse a conocer y dar a conocer su propuesta y todo para que llegara otro con varios tonos de piel más claros y “le quitara” el lugar. Quizás tenga razón. Creo que sí pudo haber influido ese factor, pero no creo que haya sido el definitivo.

Se me ocurren muchas cosas. Primero, como ya lo han expresado otras veces mediante las redes sociales, yo también creo que hay un cumplimiento de deseos, es decir, muchas personas en situación socioeconómica carente viven la fantasía de una vida llena de lujos y dinero, de respeto y admiración de lxs demás, mientras dura la canción. Son lxs que menos oportunidades de acceso a la educación tienen quienes desarrollan la admiración por estas personas que en los corridos tumbados se describen; el sueño de ser punterxs, servidores de capos o, bien, capos meramente, habita en un sinnúmero de niñxs y adolescentes y se desarrolla una admiración genuina por ellxs… y eso se vuelve parte de la cultura.

También, lingüísticamente hablando, utiliza un léxico lleno de slang y palabras soeces con el que sentimos cierta afinidad porque, al fin y al cabo, es el vocabulario cotidiano con que el que esta sociedad culichi se comunica diariamente. En otras palabras, hallamos cierta identificación cultural y lingüística con estas canciones y eso nos permite conectar con el mensaje, ya que es naturalmente comprensible y nada ni nadie bloquea esa forma de expresión a modo de censura y la censura es una imposición que nos transmite que (lo que se censura) está mal y, como sociedad que practica eso malo, no queremos que se nos diga que obramos mal, por lo que se desarrolla aceptación y cierto agrado por esos espacios en los que se nos permite ser quienes somos a nivel lingüístico-cultural.

Y quiero compartir otro comentario: cómo esta moda de los corridos tumbados ha generado un impacto lingüístico-cultural también en la resemantización de la palabra bélico. Si bien se sabe que el adjetivo bélico tiene que ver con la guerra y enfrentamientos armados, ahora, tras la popularización de este subgénero musical, dicho adjetivo ha adquirido un cambio en su significado, es decir, que hoy por hoy este adjetivo ya no lo relacionamos solamente con la guerra, sino que ha sido contextualizado en esta cultura y, a partir de ahí, adquirió ese nuevo (o renovado) significado asociado con la narcocultura; andar bélicx o ponerse bélicx tiene qué ver desde escuchar narcocorridos o corridos tumbados, hasta simpatizar con la narcocultura (admirarla o ejercerla) y la violencia que eso conlleva.

Ahora, ¿por qué quienes sí tienen el privilegio de acceder a la educación también son consumidores de esta música? Si bien hablando con otras personas, exploramos la idea de que esa música empodera y genera una especie de euforia cuando la escuchamos (nos pone bélicxs, pues, o como a mí me gusta decir: nos beliquea), también, simplemente puedo decir que la cultura nos absorbe. Claro, es válido resistirse a eso, evitarlo a toda costa y creo que es un acto de resistencia admirable porque la sociedad nos reta fuertemente a ceder ante el fenómeno mediante muchas situaciones: se reproduce la música en la calle, en las fiestas, en el carro que está a un lado mientras esperamos el semáforo, en las redes sociales el algoritmo nos cunde de él y se comparten memes… es casi casi omnipresente, pero la raza se resiste y eso, repito, es admirable; es una labor ardua de resistencia durante el período que dure esa fiebre porque, como es sabido, toda moda pasa.

Me parece muy importante mencionar un punto que creo básico al momento de consumir algo (cualquier cosa): la responsabilidad de consumo. Exactamente lo que dicen en los spots de bebidas alcohólicas sobre que consumamos con responsabilidad, es la misma premisa que utilizo al consumir arte. Primero: porque el arte es un negocio, es imposible que en este sistema no sea visto como tal, se lucra con él y, claro, debe de ser así porque todxs tenemos que comer. Segundo: porque para poder consumir arte, hay que tener cierto conocimiento sobre eso que estamos consumiendo; en el caso de la música, me parece imprescindible que, para poder escuchar con libertad y responsabilidad los corridos tumbados, también hay que saber de otras obras: otros géneros, otras líricas, otras armonías y cultivar un criterio que nos permita asignarle un lugar a cada cosa. Esto es, yo puedo decir que escucho corridos tumbados, por ejemplo, con la consciencia de lo que son (cómo están hechos) y, con mi bagaje cultural, entiendo que, en cuestión estética, son muy pobres y, en cuestión cultural, son muy limitados, pero los sigo escuchando a sabiendas de que, en mi conocimiento, tienen un lugar de muy baja calidad. Podría ser hasta contradictoria esta postura de la responsabilidad porque “si sabes que es de baja calidad, ¿por qué lo sigues consumiendo?”; bueno, creo que es otra manera de comprender el mundo y la sociedad y, más que lograr decidir entre empatizar o rechazar esas perspectivas, se trata de conocerlas y entenderlas.

Antes que otra cosa, quiero decir que me parece muy agresivo el prejuicio que se crea sobre aquellxs que consumen este arte (básica sin trasfondo valioso, pongámosle) al tildarlxs de ignorantes, nacxs y corrientes, primero, porque ignorante es quien ignora algo y todxs ignoramos algo (un tema, una disciplina) y eso no nos hace totalmente idiotas; luego, el término nacx posiciona a quien se le llama así en un lugar inferior del otrx que lx llama así sólo por el hecho de no compartir los mismos gustos e intereses; igualmente, el llamarle corriente a alguien, tiene una connotación negativa y denigrante. Así que, etiquetar a las personas de esta manera, sólo muestra, de quien prejuicia, una postura inflexible con una apreciación muy limitada del panorama social.

En mi opinión, el subgénero de los corridos tumbados (así como los narcocorridos y el reguetón) es sólo un fenómeno que, aunque llegó para quedarse, también tiene vigencia, va a disminuir su popularidad, tal y como todo lo que se pone de moda en la sociedad; quién sabe cuánto tiempo dure, pero va a pasar. También, me parece admirable, ojo: no el bato y su propuesta, sino el hecho per se de haberse vuelto tan viral en tan poco tiempo a nivel internacional, pues me fue sorprendente ver un video de una recopilación de Tiktoks hechos por personas de diferentes países cantando sus corridos tumbados; es algo que nunca antes había visto. Y, aunque me quedan muchas dudas respecto a este tema, a veces es preferible la banalidad con la que se toma y sólo disfrutar o (en su defecto) rechazar lo que se nos vende.


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