Ernesto Hernández Norzagaray
El Mar
Antes que el sueño (o el terror) tejiera
mitologías y cosmogonías,
antes que el tiempo se acuñara en días
el mar, el siempre mar, ya estaba y era
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
y antiguo ser que roe los pilares
de la tierra y en uno y muchos mares
y abismo y resplandor y azar y viento?
Quien lo mira lo ve por vez primera,
siempre. Con el asombro que las cosas
elementales dejan, las hermosas
tardes, la luna, el fuego de la hoguera.
¿Quién es el mar, quien soy? Lo sabré el día
ulterior que sucede a la agonía.
Jorge Luis Borges, Poesía Completa.
Canneti y el mar.
Elías Canneti, el gran escritor búlgaro que en 1981 obtuvo el Premio Nobel de Literatura con su obra mayúscula Masa y Poder (2004: 149-297), dejó en ella de lado las identidades convencionales de los pueblos del mundo (raza, territorio, lengua) para ir a algo más complejo, más inasible a primera vista, al señalar que “La unidad superior a la que el hombre corriente se siente vinculado es a una masa o a un símbolo de masa”, o sea, aquello, que está en el entorno de nuestra vida y circunstancia pasando desapercibida. Cómo una suerte de escenografía, algo sin importancia porque “siempre ha estado ahí”, por los siglos de los siglos, cuando esa escenografía tiene un poder incalculable cuanto determina nuestra esencia humana.
A esa escenografía Canneti la identifica como aquellas “unidades colectivas que no están formadas por hombres y, sin embargo, son percibidas como masas. Tales unidades son el trigo y el bosque, la lluvia, el viento, la arena, el mar y el fuego. Pese a no estar constituidos, nos recuerdan la masa y la representan simbólicamente en el mito y el sueño, en el discurso y el canto”. Incluso, va más allá, cuando distingue este tipo de símbolo de masa con lo que él llama decididamente como “símbolos de los cristales de masa de manera precisa e inconfundible. Los cristales de masa se presentan como un grupo humano que llama la atención por su cohesión y unidad. Se los concibe y se los vive como unidad, pero siempre se componen de personas que actúan de verdad: soldados, monjes, una orquesta entera. Los símbolos de masa, en cambio, nunca son seres humanos ellos mismos y son únicamente percibidos como masa”.
Ahora bien, los rasgos de las masas o de sus símbolos son la “densidad, crecimiento, y apertura al infinito, cohesión sorprendente o muy notoria, ritmo colectivo, descarga repentina”. Vamos, aquello que la mueve e impregna a todos el sentido de pertenencia a una colectividad social, humana, con sus propios atributos de manera que hacen la diferencia con otras sociedades que tienen a sus propios atributos que se manifiestan y producen expresiones culturales singulares.
EL MAR
El mar impregna todo el ser y la vida de cualquier mazatleco y que lo llevara en la inconciencia hasta su muerte. ¿Pero que es el ser? Operativamente el ser es lo que hace que los entes sean una existencia, es decir, en el caso de nuestro tema de interés, los mazatlecos, existen en tanto colectividad a la que le da contenido y forma. Por eso, se dice, desde la filosofía que el ser está referido a todo aquello que existe como realidad ontológica, es decir, porque tiene un origen, una raíz, una pulsación. De ahí que esa realidad sea conocida en forma univoca o, sea, como aquello que permanece dinámicamente y es común a todos, en este caso, la ciudad como construcción social a lo largo de generaciones. A propósito, hay un debate recurrente sobre la fundación de Mazatlán que debe ser resuelto positivamente para bien del puerto y sus habitantes pues si bien corresponde a una fecha fundacional, administrativa, política, militar, remite indubitablemente a los símbolos perennes del territorio.
Miguel Valadez Lejarza, el cronista ad honorem del puerto durante décadas, preocupado porque el puerto no tenía una fecha de fundación cómo si sucedía con otras ciudades del estado propuso en 1982 al Cabildo del gobierno municipal que este vacío se llenará con la información que él tenía a su alcance. Esta fue la llamada Crónica Miscelánea de la Sancta Provincia de Xalisco del Padre Antonio Tello cuya “finalidad era enaltecer la labor evangelizadora de la Orden Franciscana” que tenía un compromiso social con los indios del Bartolomé de Las Casas… y en ella se vierten críticas al gobernador de Jalisco, Nuño de Guzmán, por los abusos cometidos contra los indígenas”. Y, bueno está crónica histórica, le sirvió al cronista como fundamento para proponer al Cabildo que la fecha de fundación del puerto fuera el 15 de mayo de 1531. Fecha que ha sido cuestionada severamente por historiadores empíricos y profesionales que han afirmado que “Mazatlán no fue fundado en 1531” con base en documentos históricos y proponen que se revise la fecha consultando documentos y que se reconozca como fecha fundación el 23 de marzo de 1792 por ser el día en que se expidió la Orden Real para crear la gobernación de Mazatlán (García Cortés, 1992).
Y la otra realidad es la analógica referida a todo aquello común a los miembros de una comunidad independientemente de las diferencias individuales. Ergo, en el ente Mazatlán se conjugan elementos de orden ambiental donde el mar, el viento, la arena, los climas juega un papel fundamental en tanto seña de identidad social y cultural, sin embargo, esa seña identitaria está cruzada por las singularidades de sus habitantes lo que conlleva a una síntesis producto de la unidad en lo diverso. Este rasgo propio de las sociedades en general, en específico, determina la diferencia entre las distintas colectividades humanas incluso las que tienen los mismos componentes ambientales. Aquellos elementos explorados por Canneti provocan las diferencias entre los pueblos del mundo. O mejor, los símbolos que están conjugándose en la masa y determinan ese ser ontológico. Pero, vayamos a lo que en esta lógica significa el mar, el vasto mar, para los mazatlecos que tienen más de dos siglos -quizá, cinco siglos, en tanto no se resuelva satisfactoriamente la fecha de fundación para la comunidad de historiadores- de venir constituyéndose en lo que hoy es su esencia como colectividad social.
Entonces, si seguimos el razonamiento complejo de Canneti hay elementos del mar que determinan el carácter y la personalidad del mazatleco y es que, a este, él atribuye “paciencia, dolor y cólera”, pero, sobre todo, una tenacidad a toda prueba producto del desafío que siempre representa vivir frente al mar, respirar la brisa marina, absorber los rayos del sol a lo largo de la larga primavera y los meses de verano. Es esa relación primigenia del mazatleco con la naturaleza, pero, también, de cualquier otro humano, que viva en una costa de este u otro océano. Sólo, habría que distinguir las costas tropicales de las del norte y el sur del continente que son de aguas frías, donde el calor y el frío, y también influyen y, quizá, de forma determinante, en el carácter y temperamento de sus habitantes. Y es que el mar es constantemente un desafío soterrado, amenazante, fascinante. Un reto para quien se hace a la mar porque encierra peligros insospechados por el riesgo constante de encontrarse con la muerte. Y por eso, vivir al lado del mar o, mejor, vivir del mar, de la pesca en altamar, exige hombres y mujeres con temple dispuestos a enfrentarlo todo o morir en el intento de tomar lo suyo en un entorno inmensamente bello que va más allá de la paleta del más heterodoxo artista plástico.
Jules Michelet (1991) describe ese temor de la siguiente manera: “Un buen marinero holandés, observador firme y frío, que se pasa la vida en el mar, dice con toda franqueza que la primera impresión que este infunde es el temor. El agua, para cualquier ser terrestre, es el elemento no respirable, el elemento de la asfixia. Barrera fatal, eterna, que separa ambos mundos irremediablemente. No nos extrañemos si la enorme masa de agua que llamamos el mar, desconocida y tenebrosa en su profundo espesor, siempre ha parecido temible a la imaginación humana”. Y agrega con cierto aire de nostalgia y pesar: “Causa mucha tristeza ver caer cada tarde el sol, alegría del mundo y padre de toda la vida, sumirse, hundirse en el oleaje. Es el duelo cotidiano del mundo, y en particular del oeste. Por más que veamos este espectáculo a diario, ejerce sobre nosotros el mismo poder, el mismo efecto de melancolía”.
Pero, hay más, cuando Michelet habla del miedo crónico del humano al mar cuando afirma con aire desconsolador: “Si nos zambullimos en el mar a cierta profundidad, pronto la luz se pierde y entramos en un crepúsculo donde persiste un solo color, un rojo siniestro; luego este mismo desparece y viene la noche absoluta. Es la oscuridad total, fuera quizás de unos accidentes de fosforescencia aterradora. La masa, inmensa en su extensión, enorme en su profundidad, que cubre la mayor parte del globo, parece un mundo de tinieblas. He aquí antes que nada lo que sobrecogió e intimido a los primeros hombres. Suponían que la vida cesa donde quiera que falte la luz, y que, exceptuando las primeras capas, todo el espesor insondable, el fondo (si acaso el abismo tiene uno), es una negra soledad, solo arena árida y piedras, fuera de unos huesos y restos, tantos bienes perdidos que el elemento avaro siempre toma y nunca devuelve, escondiéndolos celosamente en el tesoro profundo de los naufragios”. Recientemente un suceso que podríamos considerar estrafalario terminó en tragedia en la costa de St John’s, Newfoundland, en Canadá. Una empresa que hace viajes en submarinos al fondo del océano y que pretendía llevar a cinco pasajeros hasta donde se encuentran los restos del Titanic desapareció e inició una de las búsquedas más mediáticas de la historia de los sumergibles. Luego de varios días de búsqueda se encontraron los restos del llamado Titán y todos los ocupantes muertos. Lo que nos reveló a través de los especialistas que allá abajo, en las profundidades del océano, luego de una distancia todo se vuelve oscuro y está habitado por especies que quizá todavía la humanidad no termina de conocer y, quizá, nunca lo logre.
En tierra firme, lejos de esas profundidades insondables, habita el mazatleco en el diario trajinar de su vida. Se levanta y camina hacia al malecón donde se encuentra con el infinito mar y sus gaviotas que rompen suavemente el paisaje. Compra y vende. Trabaja y consume. Profesa una creencia religiosa y se divierte en uno de los muchos lugares de encuentro en familia y con sus amistades. Sufre y llora las desgracias propias y ajenas. Va frecuentemente ligero de equipaje y les basta un short, una playera y unos tenis o sandalias para caminar sobre el Malecón o el Paseo de Olas Altas y el del Centenario o escalar la ruta que lleva al Faro.
O perderse en las rutas que lo llevan por esa red de pueblos y rancherías viejas que circundan al puerto con su toque rural donde parece estar suspendido el tiempo. Hombres y mujeres que ven pasar la vida con una pasmosa cotidianidad que forja un carácter tranquilo. Un temperamento adormecido por las horas largas del día y el canto de los pájaros que merodean las viviendas como unos más de los habitantes de esos pueblos aislados. Donde no falta la pobreza, pero no está ausente el brote de la felicidad. ¿Vas a ir al puerto?, es una expresión que se escucha en estos pueblos como la posibilidad de ir al encuentro de los otros mazatlecos. Los que viven en la ciudad en las colonias populares, los cotos, fraccionamientos, colonias o ciudades perdidas. El otro Mazatlán diferenciado y desigual. El de los ricos, los clasemedieros y los pobres. El de los empresarios, los empleados y los parias.
Aquella estratificación sostenida en el tiempo que no tiene para cuando cambiar, aunque no le faltan los redentores de oportunidad. Los políticos y los religiosos. Que, de vez, en vez, se aparecen tocando puertas con el mensaje de una nueva buenaventura política. El mazatleco dentro de la amplitud de miras que le da la cercanía del mar tiende con frecuencia a la religión, la política y, por ello, es presa frecuente de charlatanes y agoreros del desastre. Quizá por miedo a lo desconocido. A lo inasible. En un intento último por salvarse de su pasado. Y por eso convierte la tragedia en mito.
Ahí está, el ejemplo de la virgen de la Puntilla, construida después del huracán Olivia y que es para muchos de los mazatlecos una suerte de muro de contención ante lo imprevisible. Y, para sorpresa de propios y extraños, desde el altar de la virgen milagrosamente contenedora dirán los mazatlecos con cierto aire de asombro que no ha ocurrido otro huracán como el que devastó el puerto y provocó con sus fuertes vientos unas decenas de muertos y heridos.
No es casual que sea así en Mazatlán cuando tiene frente al mar abierto. Por esas aguas donde han surcado y surcan grandes, medianas y pequeñas embarcaciones que dejan a su paso un manto de espuma blanca y en lo alto, están acompañadas por las llamadas aves del adiós, pareciendo estar suspendidas en el espacio azul. Pero, no, es en todo caso una ilusión óptica que tiene el observador al ver el desplazamiento de las naves que unas veces van al norte y otras al sur. Y que se pierden de vista en la inmensidad del océano como el sol en cualquier tarde primaveral.
¿Pero qué otras cosas, además del temor congénito, le aportan el mar al mazatleco? El mar, nos dice Canneti, con la densidad y la cohesión de sus olas expresa: “algo que también sienten los hombres en el interior de una masa: cierta flexibilidad hacia los demás, como si uno fuese ellos, como si ya no estuviese limitado en sí mismo, una dependencia de la que no hay escapatoria posible, y también una sensación de fuerza, un ímpetu que, por virtud, precisamente de ello recibe de todos los demás. La índole peculiar de esta cohesión de los hombres es desconocida. El mar no nos lo explica, pero si la expresa”. Y es tarea del observador acucioso, al filósofo, interpretarlo, para sustanciar el objeto de estudio que, en este caso es el mazatleco, simple y llano que transita abstraído por sus calles o baila en el anonimato del Carnaval o es uno más de los que van todos los domingos a sentir el oleaje sobre su espalda.
Agregaría a la visión total de Canneti, el sentido de amplitud y gozo fugaz, ese momento de felicidad que da estar frente a un mar que abre la mente a lo desconocido, al misterio, la imaginación y, ese costeño, que busca siempre llenar su vida con ensueños, por, eso, la cercanía con el mar es un ambiente propicio para la reflexión, la poesía o la narrativa no tanto para el desarrollo de las ciencias, aunque no faltará quien diga lo contrario, pero sin duda alguna Mazatlán ha producido más músicos y boxeadores, atletas y ciclistas, que científicos que permitan conocer con mayor claridad los misterios del mar o la complejidad de sociedades marcadas por la mal llamada “industria sin chimeneas” pero, está demostrado, son extraordinariamente contaminantes de ese territorio que ha subyugado a generaciones enteras de “pata saladas” que se arrullan con el sonido estridente de una tambora o el canto de un bohemio en una noche de verano.
No es casual que por esta costa hayan transitado y dejado su impronta personajes literarios como Amado Nervo, Pablo Neruda, Enrique González Martínez o el mazatleco Genaro Estrada que salió de aquí para el mundo diplomático, pero, también, un D.H. Lawrence, Anaïs Nin, Edward Weston, Tina Modotti, Ramón Rubín o un Jack Kerouac con sus amigos beats que hicieron del viaje impenitente un ejercicio de libertad, pero, en la actualidad, está la nueva generación de artistas plásticos, escritores y poetas nacionales y extranjeros que en sus obras, constantemente, registran su singular referencia al mar, esa trastienda azul, que lo cubre todo con su vaho húmedo y salado exhalado a cada instante con su singular aroma erótico que flota permanentemente en la atmosfera del puerto y estimula a los amantes.
Basta caminar cualquier tarde por el Paseo de Olas Altas para ver a la mujer porteña que camina con donaire y sensualidad y darse cuenta de que estas mujeres están construidas con el barro de generaciones provenientes de cualquier lugar del mundo. En ella se han mezclado los humores de distintas latitudes generándose una síntesis que ha provocado la sensualidad capaz de distinguir a estas mujeres de puerto. Y qué decir de los hombres, esos mazatlecos desenfadados que están en constante búsqueda de disfrutar de la vida y con el menor costo posible porque su vida está asida a otro sentido del tiempo. Incluso la comunidad LGBTE, lesbianas, gays, bisexuales y trans (transgénero, transexuales, travestis) adquiere su propia singularidad con desparpajo y alegría propio de una sociedad marcada por la tolerancia y empatía con el otro al margen de sus preferencias. La naturaleza de esta diversidad se teje en el vaho rebelde del mar y está hecho más para el disfrute que para el trabajo rudo del campo. Y es que al mazatleco se le ha dado mucho y eso modifica el sentido del deber y el tiempo. El deber se cumple con una jornada de trabajo, sin embargo, el mazatleco es un devoto del tiempo libre y lo usa para hacerse acompañar por los amigos en el deporte, la fiesta, el trago, las parrandas y trasnochadas.
Bien lo distinguía el historiador Antonio Nakayama (1991) cuando establecía en un texto memorable las diferencias y similitudes entre los sonorenses y los sinaloenses. Explicaba que mientras el primero, especialmente el habitante del norte de Hermosillo, ha tenido que navegar contra la dificultad de enfrentar diariamente al desierto con sus carencias y temperaturas; el segundo, ha sido bendecido por la naturaleza que le ha brindado todo: valles, mar, ríos y sierra, lo que no sólo ha determinado su carácter sino también su actitud frente a la vida y en algún sentido, las actividades que comúnmente realiza, para sobrevivir en un mundo cada día más complejo que nada tiene ver con el germen de Mazatlán que vivieron los primeros pobladores de lo que fue antiguamente un lugar inhóspito de marismas, alimañas y aves de rapiña.
Amado Nervo, el poeta modernista que llegó en 1892 al puerto con escasos 21 años, y probablemente llevando en sus alforjas un adelanto de su poemario Perlas Negras (“Este libro es el libro de mi adolescencia. Tiene muchos defectos, pero también muchas sinceridades. Si algo vale la sinceridad en el arte, que ella me escude”) y que culminaría con referencias de aquel Mazatlán de unos cuantos miles de habitantes y, donde, algunos de sus estudiosos entre ellos el periodista Fred Álvarez nos habla de su paso periodístico por el puerto, El Correo de la Tarde donde “…aprovechó para entrenarse como escritor en verso y prosa, y concretar adelantos de sus poemarios “Perlas Negras y Místicas” (Hernández, 2021) afirmando, que fue en el puerto, donde se hizo poeta, como lo podría comprobar estos poemas de Perlas Negras con un fuerte aroma a mar, este mar, que ha inspirado a tantos creadores:
Poema V
¿Ves el sol, apagando su luz pura en las ondas del piélago ambarino?
Así hundió sus fulgores mi ventura para no renacer en mi camino.
Mira la luna: desgarrando el velo de las tinieblas, a brillar empieza.
Así se levantó sobre mi cielo el astro funeral de la tristeza.
¿Ves el faro en la peña carcomida qu’el mar inquieto con su espuma alfombra?
Así radia la fe sobre mi vida, solitaria, purísima, escondida:
¡como el rostro de un ángel en la sombra!
Poema XI
¡La calma…! tan sólo es buena
para el débil que la ama:
me gusta el mar cuando brama
y la nube cuando truena;
la corriente, cuando llena
d’espuma, se lanza al plan;
el monte, cuando en volcán
convertido, centellea,
y se estremece y humea
como fragua de titán. ¡La lucha…!
tan sólo es buena
para el fuerte que la quiere:
me gusta el mar, cuando muere
cantando, sobre l’arena;
la nube, cuando serena,
me finge crespón muy leve;
el río, cuando se mueve
entre céspedes y cañas,
y las inmensas montañas
sí se coronan de nieve.
Poema XXVII
Cuando escucho el rumorar
de las olas, triste pienso:
¡qué sollozo tan inmenso es el sollozo del mar!
Cuando me arranca el pesar un grito,
sin compasión, clamo,
en medio a l’aflicción
que trueca en sombras mi gozo:
¡más inmenso es el sollozo de mi pobre corazón!
Y, para cerrar, la referencia que Nervo hace del rayo verde esa ilusión óptica instantánea del último suspiro del atardecer: “Yo he visto el rayo verde que trae ventura. Lo vimos en una playa mazatleca mi hermano y yo, una tarde de julio”. A la par Nervo de su poesía modernista el nayarita hizo la crónica de la vida social de las elites del puerto en una serie de textos estampa y que la UNAM publicó bajo el título que llevaba su columna semanal que se publicaba en El Correo de la Tarde: Lunes de Mazatlán (2006). En este texto el lector encuentra una ventana para ver la vida que llevaba la élite mazatleca con sus fiestas, sus charlas, sus consumos, sus ambiciones, sus galanteos y, lo que sería, la propia reproducción de la elite social a través de noviazgos y componendas que terminaban en matrimonios y luego los hijos que iban poblando el puerto como un ciclo que llega vertiginoso hasta nuestros días.
Pablo Neruda, el poeta chileno universal, fue otro de los que escribió sobre el puerto, aunque, hay que decirlo para evitar las aclaraciones, se duda que haya estado en Mazatlán, no obstante, dejó su impronta literaria en su poemario Canto General y en su obra autobiografía “Confieso que he vivido” cuando se refiere al puerto puntualmente como mirando a sus calles, aquellas calles insalubres que narró Amado Nervo en sus crónicas de Mazatlán:
Mazatlán estrellado, puerto de noche, escucho
las olas que golpean tu pobreza
y tus constelaciones …
Enrique González Martínez, el poeta modernista tapatío, haría su propia contribución al puerto cuando rememora su paso por ese Mazatlán que le tocó vivir y tenerlo como fuente de inspiración:
«Pero el mar cuando lo evoco es el mar de Mazatlán, el de las olas bravas, el de las rompientes rumorosas, el de los escollos empenachados de espumas, el mar en libertad, sin trabas, presidido por la verdura de los cerros y la luz piadosa de sus faros; el mar de iniciación, el primer mar».
Y no se diga el gran Genaro Estrada (Estrada, 1983:97) quien habiendo nacido en una de las casonas decimonónicas del Centro Histórico se fue todavía joven a la Ciudad de México donde haría una carrera académica, política y diplomática de primer orden y, así llegaría a ser embajador y vivir Europa y en la lejanía, escribió con nostalgia su Retorno al Mar, el mar verde que lo había deslumbrado en la infancia y que eran algunos de sus más preciados recuerdos y lo acompañaban en aquella Europa de entreguerras con sus montañas, ríos, ciudades, los pueblos, caseríos y las voces de los distintos idiomas que le tocaron vivir y marcarían para siempre su existencia pero sin olvidar su infancia en el puerto que lo vio nacer para el mundo:
Al agua verde he de volver un día/
ungido en el ritual de los ciclones/
agitando en la diestra las palmas de la costa/
y cantando la clara canción del marinero/
Al agua verde, con los pies desnudos/
y el pecho ronco de gritar tormenta/
Llegaré al litoral de los adioses/
con viento decorado de manos que saludan/
y amargura de mares y lágrimas…
Y es que el mar atrapa fácil y para siempre a ese hombre o esa mujer, sin más deseo, que el simple gusto de contemplar silencioso el ocaso colorido de cada tarde. Esa conexión perturbada por el color, los colores, el aroma marino capaz de alterar el proceso neuronal y que, irremediablemente, flexibiliza la relación de cada quien con el entorno natural y relaja las formalidades y convencionalismos sociales para frecuentemente rayar en lo llano, lo simple y ordinario.
Vamos, que ante el mundo de las apariencias y privilegia la llanura de las formas en sacrificio del fondo. A partir de ahí Canneti, reflexionaría, sobre las gotas de mar, como aislamiento y la conmiseración que provoca cuando se “producen los hombres trágicamente aislados”, sin embargo, nos dice con su sabiduría antigua, que las gotas no vuelven a ser contadas hasta “cuando vuelven a reabsorberse en la inmensidad de las aguas” y, que mejor manera, de entenderlo sino es a través de los ejercicios de gozo colectivo de la mezcla festiva que teje los vínculos de la música de viento, la cerveza espumosa y la fiesta de Carnaval que convoca a todos para vivirla como una suerte de catarsis colectiva que libera las tensiones de la vida cotidiana.
En esa triada lúdica se encuentra la suma de las gotas personificadas. Es decir, el sentido de cuerpo de estos hombres y mujeres del trópico, que determinan su vida como colectividad humana. Y es que el mar siempre convoca, siempre atrae la atención como una lengua roja de fuego, es el escenario recurrente de peregrinación de propios y extraños. Las nuevas y viejas estampas de bañistas las playas diminutas de Olas Altas y Los Pinitos, la larga Playa Norte que termina en las piedras filosas de El Valentino, las playas de la llamada Zona Dorada, y las del oleaje violento que va del desaparecido Hotel camino Real hasta Los Ceritos lo demuestran. Por ellas han pasado generaciones enteras de mazatlecos y seguirá ocurriendo hasta las calendas griegas como un ritual, de vuelta al agua, a los orígenes en una placenta.
Y, con esa dinámica cotidiana, rutinaria, hay suficientes elementos para reflexionar sobre la llamada época de oro del puerto durante el siglo XIX que significó la llegada de cientos o miles de extranjeros, que descendieron de los barcos buscando hacer fortuna a través de la explotación de las minas y el comercio. Esa grandeza de estos nuevos mazatlecos solo será inteligible en el sentido gregario de los primeros pobladores urbanos de la región que rápidamente se dispersaron por sus montes, cerros y pueblos para reproducirse y formar familias, localizar las minas que guardaban tesoros ocultos en lugares inhóspitos, cuevas y acantilados; ríos y arroyuelos, para que los gambusinos más atrevidos y perseverantes volvieran al puerto con sus alforjas cargadas de éxito o fracaso.
Esa es la historia que está detrás de los primeros gambusinos, la fundación de pueblos y rancherías de la región que han quedado inmortalizadas con sus nombres pintorescos: Copala, Concordia, El Quelite, El Roble, El Tablón o El Recodo. La de aquella élite que se reunía y compartía el primer germen del espacio público. La hoy llamada Plaza Machado, sin embargo, están, también, las pulsaciones silenciosas que transpiran los muros de las edificaciones decimonónicas que llenan el paisaje urbano de su Centro Histórico y que la escritora Aleyda Rojo describe magistralmente algunos de sus secretos en su novela histórica: Las brujas del tiempo (2015), dando cuenta a través de historias de satén de la élite dedicada al ejercicio del poder económico y político en una época amenazada por epidemias, ciclones y una incontenible peste amorosa que alcanza a todas las mujeres que dan rienda suelta a sus instintos más primitivos incendiando con su fuego uterino las casas y las calles del puerto
Solo un esfuerzo colectivo de gotas diluidas en la inmensidad de la suma podría explicar lo que está ahí, inmutable, viendo pasar el tiempo. Pero, detrás de esa voluntad a la que llamaría el mar, está si la calma… y también, la amenaza latente, con toda su furia acumulada y, que, cíclicamente, aparece con esa capacidad destructiva que atemoriza hasta el más valiente de los mortales. Esa referencia indómita está en los genes de los que habitan las costas. Y más, cuando el mar, como nos lo recuerda Canneti, “no tiene límites internos ni está dividido en pequeños pueblos y territorios. Tiene un idioma que es el mismo en todas partes”. Vamos, para decirlo, con una imagen, el mar con sus olas crepitantes fue, es y será libre como su viento.
Antes de continuar, habría que preguntarse con Canneti con fines pedagógicos, ¿que serían los ingleses sin su mar circundante, su niebla, la humedad eterna?, ¿qué serían los suizos sin su paisaje alpino, con sus grandes formaciones rocosas y la blancura de su nieve milenaria?, ¿Qué serían los escandinavos sin la espectacularidad de sus fiordos, flanqueados por muros de tierra y rocas? ¿que serían los turcos de sin el flujo incesante del río Bósforo en su largo recorrido por pueblos e islas insospechadas? ¿Qué serían los argentinos y chilenos sin la Cordillera de los Andes que lo mismo los divide, pero los hermana? ¿qué serían la gran cantidad de países y pueblos ribereños a la vega del río Danubio?, como lo recuerda sentimentalmente Claudio Magris en su novela magistral: Danubio (1988) o, del mismo autor italiano, El Infinito Viajar (2008) que revela dimensiones desconocidas del ser en esa gran diversidad y, localmente, la singularidad de los sinaloenses, con su mar, sus once ríos, sus valles o, más cercana a los mazatlecos, ¿qué serían sin su mar, sin sus atardeceres, sin su faro, sin sus tres islas. Bien lo recordó Elena Poniatowska, cuando en un discurso de aceptación del Premio Mazatlán de Literatura en 1992 dijo enfática con un desenlace trágico: “Sinaloa tiene todo, mar, ríos, valles, montañas …solo le sobran las balas”.
(*) Fragmento del libro en proceso Mazatlecos: una lectura desde Elías Canneti.
