Revista del Pensamiento Político

red check mark on box in close up view

La Negación del País Racional

Las elecciones generales en España del 23 de julio de 2023.

El texto del profesor Sanmartín ha tenido una extraordinaria acogida en medios académicos, intelectuales y políticos europeos. Esta versión que hoy publicamos y entregamos a los lectores de POLITEiA, contiene correcciones  y precisiones necesarias para una mejor comprensión del fenómeno político español.

INTERNACIONAL

José J. Sanmartín*

  1. Introducción.

            Los resultados de las elecciones generales celebradas en España el 23 de julio de 2023 han demostrado hechos, pero también han confirmado ideas, prejuicios e incluso atavismos. Entre los unos y las otras, aparece la reiterada voluntad de los españoles de negar la mayoría absoluta a cualquier partido político. El país exige a sus representantes que negocien y den contenido efectivo a un régimen verdaderamente parlamentarista. El pluralismo constituye la base misma de la sociedad civil, que impone su diversidad también aquí. Quienes rechacen atender lo sentenciado por el pueblo soberano deberán asumir el coste a pagar. Por lo general, los procesos electorales exhiben no sólo a quiénes ganan, sino sobre todo a quiénes pierden. Porque las elecciones son ganadas por quienes menos las pierden. El tráfago de hiperactividad a que obligan esas fiestas de la democracia, comporta la comisión de dislates y errores, con el agravante a la indisponibilidad de un elemental tiempo de reacción. Aquello que aparece propalado en los medios de comunicación, queda fijado en la opinión pública (al menos, durante la campaña electoral). En política, todo tiene un precio; en especial, lo que no tiene precio.

            Al mismo tiempo, otra consecuencia ha sido la moderación política de la nación. Ésta emplaza a sus políticos a adoptar un camino ajeno a las exclusiones, propenso a las coaliciones, enfocado en los acuerdos, centrado en las personas. Los españoles han decidido canalizar a sus políticos hacia un régimen mixto, transaccional y centrista. Los partidos que se han acercado a posiciones transversales -incluso desde un vector acusadamente de izquierda o derecha- han logrado aumentar su voto. Las fuerzas políticas que han demostrado escuchar al pueblo, han sido premiadas por éste. Los que han sido percibidos como exponentes de un discurso demasiado interno, rígido y/o desactualizado, han quedado estancados -o incluso han retrocedido-. La política es el dudoso arte combinatorio de ser y aparentar al mismo tiempo; mayormente, lo segundo.

2. El mito de la mayoría absoluta como paraíso perdido.

La mayoría absoluta, casi omnímoda, que -en términos históricos- ha sido excepcional desde las elecciones generales del 15 de junio de 1977. En esa ocasión, Unión de Centro Democrático (UCD) logró 165 actas en el Congreso de los Diputados, seguido por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) con 118 escaños; el Partido Comunista de España (PCE) quedó a distancia, con 20 diputados. Ningún Gobierno de UCD tuvo mayoría absoluta durante toda la etapa que dirigió el país. Así, en las elecciones generales de 1 de marzo de 1979, UCD alcanzó los 168 diputados, dejando incumplido su objetivo de una mayoría absoluta. Por su parte, el PSOE también mejoró de forma mínima su representación al lograr los 120 escaños. El pueblo soberano ratificaba su voluntad de obligar a los políticos: diálogo constructivo. Se conformaba un sistema de dos grandes fuerzas políticas (centro izquierda y centro con elementos de centro derecha); alrededor de las mismas convivían diferentes grupos y partidos de izquierda, centro y derecha, junto a regionalistas, nacionalistas, etc. Pero la estabilidad venía garantizada por la presencia de dos partidos pivotales que nuclearían la alternancia en el poder.

Sin embargo, UCD quebró con su hundimiento en 1982. Este partido moderado gobernó el país hasta el otoño de ese año, sin disponer jamás de una mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados. La negociación, la transacción, fueron herramientas de la actividad parlamentaria diaria. La atomización de UCD se produjo a causa de sus disensiones internas, luchas y conflictos entre sus familias políticas, divergencias personalistas, además de otros factores no estrictamente endógenos. Ello dejó un recuerdo impactante en su principal antagonista. Desde el PSOE, incluso antes de su aplastante victoria de 1982, ya se arbitraron medidas para conservar la unidad del partido y evitar la erosión sufrida por la organización centrista.

            Los 202 diputados y el 48% de voto conseguido por Felipe González en 1982 marcaron un hito. La consecución, al fin, de la ansiada mayoría absoluta, activó resortes hasta entonces semi ocultos en la política española. Los partidos grandes ya descartaron el avance gradualista, enfocándose hacia éxitos fulminantes, inmediatos. La progresividad quedó debilitada; acabó imponiéndose el logro de resultados, antes incluso que de soluciones.

            Las elecciones generales del 22 de junio de 1986 vivieron un recorte a la mayoría absoluta del PSOE, pero mantuvo 184 escaños y un sustancial 44 % de votos. Sin embargo, el opositor conservador Alianza Popular (AP) quedó estancado con casi un 26 % de votos y 105 diputados. El desgaste de la mayoría absoluta había sido mínimo teniendo en cuenta una legislatura exigente (medidas restrictivas, reconversión industrial, entre otras). Sin embargo, el PSOE logró asentarse como el partido central de buen Gobierno. El realismo aplicado por Felipe González constituyó un acicate electoralmente rentable. El pueblo recompensó ese pragmatismo, alejado de dogmatismos ideológicos y radicalismos excluyentes. El discurso acerca de la Economía, la Seguridad Social, la calidad de la educación y los restantes servicios públicos, el perfeccionamiento de la democracia, entre otros, conformaron ya entonces los vectores definitorios de una acción colectiva altamente motivadora. Cuando los políticos formulan propuestas de auténtico interés general -con soluciones a los problemas-, la acogida de esas medidas puede ser excelente. 

La primera etapa del socialdemócrata Felipe González sí dispuso de una rotunda mayoría parlamentaria, que sigue cautivando el sueño de líderes políticos desde entonces. El 28 de octubre de 1982, los españoles premiaron la estabilidad y la transversalidad que encarnaba el PSOE, ajeno ya a cualquier extralimitación radical. Aquel partido integrador, amplio y versátil obtuvo la más resonante victoria electoral de Europa. Se trató de un episodio único per se, que marcó la historia electoral, saldando además una deuda histórica en el subconsciente psicológico del pueblo. El 29 de octubre de 1989, el PSOE perdió su mayoría absoluta en las elecciones generales celebradas durante esa jornada. Con un 39 % de votantes y 175 diputados, el partido del Gobierno quedó a un sólo diputado por debajo de la mayoría absoluta. Había terminado la etapa de siete años de Gobierno sostenido confortablemente en el Congreso de los Diputados.

Ese bloque de diputados europeístas y socialdemócratas decreció en las siguientes elecciones; lo cual coadyuvó a  un Gobierno de minoría parlamentaria durante el período de 1993 a 1996. La victoria este último año del Partido Popular (PP, heredero centrado de AP) tampoco lo fue por mayoría absoluta, siendo necesario un pacto con otros Grupos Parlamentarios (señaladamente con Convergencia i Uniò). En el año 2000, el entonces Gobierno de centro-derecha recibió la recompensa de una mayoría absoluta parlamentaria, pero -como siempre en una democracia constitucional avanzada- en régimen de arriendo. Se votó al PP merced a los positivos resultados económicos, con su inmediata traslación en la reducción del desempleo, entre otros dividendos. Esa fue la segunda y última mayoría absoluta. Los Gobiernos posteriores basaron su poder en una mayoría parlamentaria que debía reconstruirse en cada contexto.

3. Los resultados electorales.

            Lo acaecido en estas elecciones ha ratificado el argumentario de Karl Loewenstein. Éste sostenía la necesidad de un “pueblo organizado como electorado” -asumiendo la condición de “preponderante detentador del poder”- para la plena implementación de una democracia constitucional (Loewenstein, 2021: 91). El Reino de España dispone de un sistema bicameral, donde el Congreso de los Diputados goza de preeminencia parlamentaria a la hora de constituir el Gobierno de la nación. Esta cámara baja tiene 350 escaños, siendo por tanto 176 actas de diputado las necesarias para conformar una mayoría absoluta. Con un sistema electoral de fórmula D’Hondt modificado, la asignación de asientos en el Congreso de los Diputados corresponde a circunscripciones provinciales. Ello produce distorsiones cuantitativas, dado que el número de votos para conseguir escaños puede ser sustancialmente diferente de una provincia a otra; incluso dentro de una misma circunscripción electoral, la consecución de actas de diputado puede contemplar distinto número de votos.

En la modalidad D’Hont aplicada en España, los primeros partidos políticos en número de votos reciben primas electorales y otras ventajas que, generalmente, van en detrimento de candidaturas con menor número de votos. El sistema electoral legalmente existente no es neutral; de hecho, fue diseñado -aprobado y refrendado- durante la Transición a la democracia como una herramienta para lograr estabilidad institucional. El fomento de un régimen con dos partidos referenciales (centro izquierda y centro derecha), va en esa línea, tendente más a la gobernabilidad que a la representatividad, ha sido una constante en España desde 1978. Lo hispánico asume la racionalidad como efecto, pero también como causa. He aquí la originalidad del sesgo; el fuerte componente emocional que, aparentemente, pueden caracterizar a decisiones y resoluciones, no deja de ser la teatralización de la política. Los latinos vivimos la política más cerca aún del teatro descrito por Pedro Portocarrero que del espectáculo efectista en Estados Unidos.

Las elecciones del pasado 23 de julio de 2023 han quedado saldadas con una victoria del centro derecha representado por el Partido Popular. Éste logró tres millones de votos más que en las elecciones generales de 2019, hasta alcanzar el 33 % de votos en 2023. Las 137 actas de diputados obtenidas, sin embargo, están lejos de aportar una garantía sólida de Gobierno para este partido. Además del apoyo del partido conservador VOX (33 diputados), el líder popular necesitaría al menos la aquiescencia de los 7 diputados de Junts per Catalunya (JUNTS, derecha catalana, ahora separatista), o los 5 del Partido Nacionalista Vasco (PNV). Éste partido, considerado vehicular en la Comunidad Autónoma del País Vasco, ha sido rebasado por EH-BILDU, izquierda separatista vasca. Su mejor conexión con el tejido social ha jugado a su favor, además de los réditos cosechados por una (bien explicada) política de negociación con el Gobierno de Pedro Sánchez. En política, la ciencia infusa no existe. Lo que no se argumenta adecuadamente, queda inane en el discurso público. La explicación progresiva de los acuerdos y resultados puede ser tan relevante como los propios hechos en sí. 

Por su parte, el PSOE fue el segundo partido más votado en el país, con el 31 % de votos y 121 diputados. El partido socialista ha probado tener un suelo electoral sólido. Las sucesivas crisis vividas por el Gobierno han afectado más a su electorado socialdemócrata, de herencia ideológica felipista. Esa desafección ha sido, en parte, compensada con la adhesión de ex votantes de PODEMOS y otras adscripciones. Pedro Sánchez ha conseguido taponar la pérdida de electores moderados que, desde la vertiente centrista, han sido captados por el PP. En su situación, el PSOE puede negociar con la nueva coalición SUMAR. Esta última ha salvado los muebles con el 12 % de votos y 31 diputados, cerrando temporalmente la crisis de PODEMOS. La imagen menos adusta de Yolanda Díaz, así como un programa más realista, coadyuvaron a evitar una centrifugación del voto en el sector heredero de la izquierda fronteriza con el PSOE, junto a partidos territoriales con mayor o menor grado de afinidad. Sin embargo, el recuerdo de algunas decisiones adoptadas por el núcleo duro podemita, seguirá siendo un lastre durante años.

Las pérdidas más significativas quedaron retratadas entre los partidos separatistas catalanes. El desgaste ha sido enorme ante la sociedad civil tras años de promesas incumplidas. No se puede mantener en estado de alerta continua a todo un pueblo -ya de por sí diverso-. Menos, si cabe, por mor de una causa quimérica de inasible verificación y plasmación. El desplome de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que pierde la mitad de sus escaños, y el estancamiento de JUNTS (que resta un diputado a su partido), denotan el agotamiento de la vía separatista intransigente. También aquí la moderación se impone; lo cual comportaría -de actuarse con sabiduría- la adopción de una mayor transversalidad. El descreimiento ha arribado como resultado natural de la falta de milagros. El “procès” garantizó un hecho místico en forma de creación de un Estado catalán independiente y reconocido por la comunidad internacional. La realidad ha demostrado lo contrario. Mientras, los predicadores de la buena nueva se quedaron afónicos en sus liturgias. La iglesia herética del separatismo repartió dispensas, cánones y bulas; además de santificar a la ineptocracia que condujo a Cataluña a un callejón sin salida. Pero el tiempo -juez imperturbable e incandescente- osó mantener todo como estaba.   

“En las sociedades secularizadas, las creencias políticas se convierten o tienden a convertirse en el equivalente de lo que las creencias religiosas fueron en el pasado” (Aron, 2021: 55).

La sociedad catalana ha comprendido que ninguna causa puede prosperar en una democracia constitucional -conforme a los términos loewensteinanos- si sus impulsores hacen del camino su medio de vida. Nunca se llegará a la meta, pues no interesa económicamente. El objetivo consiste en mantener indefinidamente el rentable camino, abierto e impreciso a perpetuidad. El empirismo catalán ha hablado en estas elecciones desde las entrañas de la sociedad, donde el aumento de voto a favor de partidos constitucionalistas (el Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC, particularmente) ha señalado una recuperación de ese espíritu moderado.

4. La negociación como imperativo democrático.

Quienes tengan mayor capacidad de negociación, ganarán. Pero no mediante acuerdos a cualquier precio. También en eso las inmensas clases medias españolas han marcado la pauta; la historia electoral -y constitucional- ha probado, de manera contumaz, que el país político bascula entre un centro izquierda y un centro derecha que, juntos, son la base del régimen democrático. Ni siquiera durante la convulsa etapa de mayor crisis económica y más alto desempleo, se produjo un decaimiento de esa mayoría moderada. Que una parte del voto se transfiriese a otros partidos no comportó una radicalización de los electores. Se trataba más bien de un castigo a los dos partidos tradicionales -socialdemócratas del PSOE y liberal-conservadores del PP-; un toque de atención para que estas organizaciones mayoritarias atendiesen lo requerido. Las encuestas demuestran que el país político continúa inserto en una dinámica de dos corrientes ideológicas moderadas predominantes; éstas son realmente vertebradoras del conjunto social y político. Los partidos menores, en especial los exponentes de pensamiento alternativo y/o radical, únicamente obtienen crecimiento de voto cuando los electores necesitan castigar a las fuerzas vehiculantes.

Los electos llevan años recibiendo el mismo mandato por parte de los electores, sin haber sido capaces de atender lo solicitado. Un problema primigenio de la mentalidad entre demasiados miembros de las élites reside en su añoranza hacia un supuesto paraíso perdido; un “lost world” de poder y omnipotencia donde su auto sobrevalorado talento quedase ratificado mediante éxitos por doquier. Esta percepción icónica de supremacía ha perjudicado premiosamente la consecución de acuerdos, la formación de coaliciones y la constitución de Gobiernos. Estos elementos no comportan poder masificado y diseminado en dirección mayestática. Al contrario; quienes ejercen temporalmente tareas directivas en una Administración Pública, en un Consejo de Ministros, en un Estado, región o municipio, asumen para sí una responsabilidad insoslayable; la de ser vigilados, controlados, incluso hostigados, por parte de quienes aspiran a sus puestos, de quienes fueron desposeídos de ellos, de quienes integran la oposición, junto a un largo etcétera de instancias y personas dispuestas a todo. Los periodistas, los fiscales, los jueces, los ciudadanos, los adversarios del mismo partido, los aliados desleales, los competidores antagonistas (o no), pueden activarse en cualquier momento ante la posibilidad de una extralimitación del político de turno. El más mínimo error conduce a la quiebra de una carrera política. Lo secreto significa eso: opacidad absoluta. Si no quieres que se sepa, no lo hagas. Si no quieres que se descubra pero hubiere que hacerlo, no lo hagas tú.

La política es una actividad donde puntúa el que no comete errores. La prudencia ha sido siempre un activo crucial. Los implementadores del ego narcisista suelen dejar un rastro de equivocaciones y déficits que, a medio plazo, les convierten en rehenes de su propia estulticia: la ensoñación de mayorías absolutas que permitan aplicar todo el programa electoral, y más allá. No obstante, esa proteica fascinación hacia la omnipotencia colisiona con la realidad; ésta resulta particularmente voluble y, por ello, variable. No existe foto fija en política. Las áreas de seguridad para los políticos y las ideologías cada vez serán espacios de menor cabida. Todo es cuestionable por parte de una juventud acostumbrada a verificar lo que recibe. El tiempo de las verdades sectarias y excluyentes en política ha concluido. La capacidad de adaptación a circunstancias siempre cambiantes aparece como necesidad básica.

5. El negocio del populismo.

            La conversión de la política en actividad laboral excluyente de cualquier profesión, ha comportado una creciente tasa de rigidez para la democracia. No se produce la saludable rotación de cargos de manera natural, frecuente y voluntaria. Pocos quieren dejar un puesto político si no disponen de otra canonjía prebendaria. En todo país donde existan personas cuyo único oficio consista en ocupar cargos directivos mediante nombramiento político, la democracia pierde calidad. Las advertencias de Max Weber al respecto persisten en su vigencia, cada día. En política, la ejemplaridad empieza y termina en uno mismo. Aun cuando esos conmilitones de ideología y/o burócratas de partido, titulares de la nada y buscadores del todo, sean potencialmente inteligentes o válidos, sus propias necesidades se anteponen e imponen; por encima incluso de aquello que afirman respetar y defender. La perentoria atención al sustento, la presión de unas faltriqueras que llenar, la imperiosa necesidad de llevar un alto nivel de vida, entre otras máculas éticas, forman ya parte del círculo vicioso en el que pululan demasiados políticos.

Quizá se pueda debatir sobre la pertinencia -o no- de profesionalizar la política; lo que no admite duda es la indispensable formación previa, así como haber demostrado eficiencia -no necesariamente éxito- en ámbito profesional. Disponer de estudios cualificados y suficientes para ejercer la dirección de las tareas asignadas por vía política; tener un oficio ganado limpiamente, desempeñado de manera solvente. La meritocracia repudia los atajos -sobre todo los inmorales-.

            “No habría nada tan fácil, para explicar la distancia entre hechos consumados e intenciones, como volver a hallar el entrelazamiento típico de necesidades y de libertades que denominamos destino” (Aron, 2017a: 168-169).

Lamentablemente, de un tiempo a esta parte, los partidos aparecen ante el imaginario público más bien como cenáculos de poder; grupos elitistas que protegen sus privilegios. La clamorosa falta de currículum profesional, su propia indigencia cultural, entre otros déficits formativos y laborales, hacen de algunos “dirigentes” pasto de la mofa social. El liderazgo, para ser ejercido y socializado, precisa de ejemplaridad y moralidad. Esos altos estándares generan dividendos de manera inmediata; como también su ausencia marca una fisura que, de agravarse, acabará derivando en crisis.

Los analistas auto erigidos en gurús de fanfarrias interpretativas plenas de prejuicios y ayunas de datos, suelen aplicar el maniqueísmo; incluso en la intención de voto. Según la elección a una fuerza política u otra, así será el voto más o menos inteligente, prudente o sabio, sostienen en su delirio. La realidad es incómoda; tanto lo es que les resulta inasumible. Los ciudadanos eligen sus opciones por criterios generalmente más racionales y sensatos que los “intelectuales” puedan comprender. Que una persona no disponga de estudios superiores o medios, no la invalida -en modo alguno- para realizar una elección igualmente digna; o incluso más. Lo relevante es la aplicación del sentido común. La cultura, la erudición, la sapiencia (técnica, humanística), los conocimientos históricos, el dominio de idiomas, junto a los otros mil factores “de calidad” que quieran aducirse, no sustituyen -ni siquiera complementan- la sensatez que tenga una persona. Ese viejo conocido denominado por los clásicos tratadistas de lengua inglesa “common sense” continúa llamando a nuestra puerta; cada día, a todas horas.

            La omisión de ese elemento ha gravitado poderosamente en la rigidez de la actual cultura política en España, y no sólo. Los políticos acomodaticios inundan el escenario, exigiendo a la sociedad que les otorgue una mayoría “suficiente” para gobernar; directamente, con su propio partido. La petición es del todo pertinente durante una campaña electoral; no así el empecinamiento en proseguir el mismo camino… una vez celebrados los comicios. La imposición de “líneas rojas” infranqueables políticas -mayormente ideológicas- ha introducido aún mayor hieratismo en un régimen potencialmente elástico. Porque la mayoría de las democracias occidentales -en Europa, en América- disfrutan de sistemas políticos flexibles, capaces de sumar transformaciones, fuerzas e ideas que surjan de la sociedad civil.

6. Los límites de la acción probable.

            El pueblo soberano ha enviado un mensaje contundente, obligando a los partidos políticos a transar y acordar entre ellos. De no hacerlo, las penalizaciones caerán sobre quienes perseveren en la pugna patrimonialista de cargos y sinecuras. Un espectáculo vergonzoso que ha perjudicado a los abanderados de la incoherencia moral y el oportunismo político. El flagelo hiriente contra quienes piensen diferente se interpreta como rechazo al distinto; un demócrata debe asumir la pluralidad de la sociedad y gestionar su política atendiendo a esa diversidad. No se trata de perder los valores propios, sino de hacerlos viables -y aceptables- para esa mayoría social. Paso a paso. He aquí una de las misiones (sic) realmente importantes de un auténtico estadista; su cumplimiento significa trabajar duro para lograrlo. No es fácil a veces, pero siempre es posible.

            La convocatoria de nuevas elecciones marcaría un fracaso histórico por parte de la clase política. La composición del actual Parlamento no impide la formación de Gobierno; al contrario. La vía resolutoria es factible. Pero será indispensable abandonar la mentalidad -tan lesiva para el parlamentarismo- de “líneas rojas” infranqueables. Esta exigencia afecta a todos; más aún a los posicionados en un maximalismo ideológico. Los alquimistas de la maldad social que han fabricado ideas excluyentes en laboratorios, produciendo maniqueísmos por doquier, tienen ahora la obligación de neutralizar sus “creaciones”… o perecer políticamente. Bastaría con admitir negociaciones implementando los hechos en el día a día.

            En la España democrática cada vez queda menos espacio para quienes son tipificados como constructores de disensos; salvo que los partidos mayoritarios cometan equivocaciones, incurran en corrupción o practiquen en general el mal Gobierno. La orientación general que han marcado las elecciones del 23 de julio de 2023 exige empirismo político a los partidos y a sus dirigentes. El pueblo ha manifestado su hartazgo frente a prácticas caciquiles. Así, la hiper-ideología exacerbada por numerosos dirigentes obedece a un designio egoísta: la creación de un hinterland ideológico como salvífica Arca de Noé en la que puedan “refugiarse” quienes se sientan amenazados. La clave, obviamente, consiste en incentivar esa sensación de acoso, de ataque, de hostigamiento. En una democracia constitucional asentada, resulta del todo difícil -por no decir imposible- la reversión en derechos. Con todo, los políticos manipuladores hacen de la demagogia indispensable ejercicio para conservar su posición. Sin embargo, en estas elecciones varios de esos declamadores frente al “lobo feroz” (el enemigo ideológico), han pagado la factura de semejante crispación.

A falta de soluciones, la improductividad de tensar la cuerda queda al descubierto. Se necesitan políticos hábiles para remontar ríos embravecidos, nadar contra corriente, escalar montañas irreductibles, coronar mayestáticas cumbres. Una vida cómoda en política es como una noche sin oscuridad. El verdadero político, como expresara José Ortega y Gasset en su primigenio estudio sobre Mirabeau, “postula la unidad de los contrarios” (Ortega y Gasset, 2017: 208). Al mismo tiempo, ha menester “a la vez, un impulso y un freno, una fuerza de aceleración, de cambio social, y una fuerza de contención que impida la vertiginosidad” (Ortega y Gasset, 2017: 208).

Estas elecciones también han mostrado la falsa polarización ideológica del país. No existen dos mitades políticas, como tampoco hay -menos aún- dos Españas. Son los partidos -y sus cuadros directivos más necios, junto a las correspondientes extensiones mediáticas cacofónicas- quienes han fomentado esa imagen distorsionada de la realidad. PODEMOS ha pagado incluso antes de las elecciones esa decantación lesiva para la convivencia democrática. El desgaste a su marca ha sido pavoroso en un tiempo breve. La hiper exposición del partido merced a acusaciones verbalmente agresivas y fácticamente contraproducentes, ha transmitido una imagen de enrocamiento sobre sus propias decisiones y bloqueo respecto de las demás. Pero sería injusto focalizar en este partido la culpa social, dado que otros -con variable intensidad, pero igualmente nociva irresponsabilidad- también han incurrido en la misma reducción de la operatividad democrática. PP, PSOE, VOX, EH-BILDU, ERC, JUNTS, entre otros partidos, han tenido candidatos que, recurrentemente, usaron tales armas. La burda demagogia puede ser activa -y reactiva- en la interacción con minorías hiperactivamente radicales; mas, a la postre, acabará convertida en un lastre inasumible para la mayoría social mesocrática (decisiva e invariablemente moderada). Ésta se manifiesta en foro interno mediante ideas constructivas, aunque mantenga una prudente discreción en foro externo. Se pretende así la reparación -y la superación- progresiva del mal. La tranquilidad como espacio de sanación. Escuchar al otro, comprender a todos; transar, acordar, convivir, respetar. 

No obstante, sus dicterios y exclusiones mutuas, todos los partidos representados en las Cortes Generales son legítimos y legales. Todos ellos -excepto resolución judicial- cumplen la legislación vigente, incluida la Ley Orgánica de Partidos Políticos. Así pues, también todos ellos deben realizar un esfuerzo para sobreponerse a su propia -contraproducente e ineficiente- propaganda. Ésta no ha funcionado; la sociedad va por un lado, y la mercadotecnia (publicidad, marketing, socialización ideológica, y más) por otro. El pueblo ha votado desde la racionalidad; el desafío ahora consiste en verificar si los políticos estarán capacitados para atender el mandato popular. Tengamos presente que la mayoría de campañas electorales han sido lesivas para sus partidos clientes en tanto han errado en objetivos y recursos. No son pocos los casos de candidatos destruidos por su propio aparato de propaganda.

En un proceso electoral donde todos se han acusado de todo, resulta comprensible que nadie logre una mayoría definitoria. El fango solivianta a la mayoría silenciosa que vota pero no interviene en las mal llamadas redes sociales, por ejemplo. De las escasas propuestas más o menos racionales lanzadas durante la campaña, la mayor parte de ellas no eran viables ni creíbles. Ello ha ido en detrimento de una imagen de concreción y rigor que aporte soluciones a los problemas cotidianos. Feijóo fue el mejor (no el más) propositivo durante la primera parte de la campaña. Lo cual quedó mitigado en los cinco días previos a la votación. La pérdida de impulso en una campaña (ir de más a menos) es asimilado como falta de convicción por parte del pueblo. Su victoria electoral resulta insuficiente por ello mismo.

Los ataques ideológicos -incluso personales- de unos contra otros, la denostación del pensamiento político ajeno en su totalidad, la incesante simplificación de los mensajes emitidos por los adversarios, manipulando su contenido y falseando la intencionalidad, ha degradado la política a niveles lamentables. La vulgarización no es el camino, ha sentenciado el pueblo. Así, el grotesco arraigo de los avisos pastoriles contra el “lobo feroz” perjudicaron a todos; mayormente a los propaladores de ese nuevo odio ideológico. Se ha usado y abusado de la figura de la “bestia negra” enemiga, que viene a cometer las mayores atrocidades una vez alcance el Gobierno. Todo perjudicial e inverosímil para la sociedad, que no transige con políticos gañanes ni relatos mentirosos. Imposible lograr una mayoría absoluta con semejantes mimbres.

Los hechos se afirman per se, emergiendo tarde o temprano. No se puede combatir contra la cruda realidad. De esta manera, incluso una mayoría relativa suficiente para gobernar impele a la adopción de una política reparadora basada en el respeto y la educación. En las pasadas elecciones españolas han fallado demasiados partidos a la hora de ofrecer principios integradores y vertebradores (cruciales ambas dimensiones). Desgraciadamente, aquí la política se practica como una exclusión de unos por otros, como una sustitución de “malos” por “buenos”, elitismo, al fin y al cabo; maniqueísmo burdo concebido para servir intereses egoístas. Nada nuevo bajo el Cielo. Un ejercicio manipulatorio que no resuelve los problemas del ciudadano medio. Éste permanece expectante: se precisa una recuperación del discurso de regeneración democrática, pero basado en valores morales, competencias técnicas y resultados tangibles. De manera consecuente, la Corona -institución decisiva en el ordenamiento constitucional español- ha expresado en numerosas ocasiones ese sentimiento, que es el anhelo de toda la nación. Buen Gobierno, en definitiva.   

7. Conclusión in extensio: expectativas y riesgos.

En la situación actual, coexisten varios escenarios de gobernabilidad. La geometría variable facilita -no bloquea- soluciones. La formación de una coalición nucleada alrededor del PSOE aparece como posibilidad cierta; la disyuntiva para el partido socialdemócrata consiste en sumar apoyos parlamentarios que asuman su no incorporación al Gobierno, al mismo tiempo que Pedro Sánchez y su equipo no quedan erosionados en las negociaciones. Si las cesiones fueren inasumibles, el Gobierno -aun contando con mayoría parlamentaria- quedaría en posición de debilidad. De hacerse así, ello provocaría fisuras en ese hipotético bloque de poder con potencial implosión a medio plazo. Por tanto, la licitud de las negociaciones debe ser ejemplar. Este Gobierno, de producirse, no podría ser una repetición palmaria del anterior. Ahora deben incluirse otros contenidos y actores. El PSOE debería buscar aliados no sólo entre la izquierda, sino también en el centro y hasta algún caso de centro derecha. Es necesario eliminar lastres (ideológicos e históricos) para hacer una política más transversal. La modernización que ha supuesto SUMAR debe servir de acicate en esa dirección. Los acuerdos serán diáfanamente expuestos a la sociedad civil.  

El Partido Popular podría intentar la organización de un Gobierno con sustento parlamentario de VOX, UPN y CC, más la expectativa (extremadamente difícil pero no imposible) de contar con el apoyo de PNV y/o incluso JUNTS (parcial o totalmente). También aquí el coste para las partes debe ser conjurado mediante explicaciones claras. Esta opción liberal-conservadora tendría el respaldo de clases medias y sectores empresariales para hacer una política impulsora del crecimiento económico. La victoria de Núñez Feijóo puede serlo más en pocos años si administra con inteligencia política su nuevo status. La táctica lógica de los partidos nacionalistas y separatistas es orientarse a la negociación con el partido grande más débil. Si Feijóo ofrece negociación a prácticamente todos los partidos en Congreso de los Diputados, y finalmente se constituye una mayoría parlamentaria de izquierda para sostener un nuevo Gobierno de Sánchez, éste quedará afectado por su aura como vulnerable. Una cosa es constituir Gabinete; otra distinta es gobernar.

En esa línea, a VOX le interesa -caso de no formarse una mayoría liberal-conservadora- un Gobierno inmediato de izquierda plural. Con la adhesión de los separatistas a esa base parlamentaria, VOX hará campaña permanentemente hostigando los errores que se cometan. Si el discurso de VOX se hace más social, empático y democrático, procurando aunar, evitando dispersar, puede lograr una recuperación de su voto. Las exclusiones matan a los excluyentes. Esta es una lección igualmente aprendida del meritado proceso electoral: el componente crítico de un discurso debe referirse -nítidamente- a las cúpulas de esos partidos. Al objeto de conseguir votos en las bases de partidos contrarios -incluso antagonistas-, cuando se generalizan las alusiones negativas a la ideología, a la organización, al grupo, todos personalizan las acusaciones. Todo lo cual gravita negativamente a la hora de lograr adhesiones desde otro partido. Éste puede centrar su ataque contra la cúpula directora en base a motivos tales como la ineptitud, la traición a los afiliados y electores, entre otros. Pero jamás deben emprenderse admoniciones y fulminaciones retóricas que sean percibidas como focalizadas contra las bases militantes y votantes. Nadie actúa contra sí mismo.

VOX puede lograr votos desilusionados en diferentes ámbitos ideológicos -también de izquierda-, pero debe emitir un discurso más firme en materia de salud pública. Un compromiso escrito y sellado de lucha contra la corrupción, por ejemplo. Al igual que SUMAR, VOX puede crecer donde decrezcan PP y PSOE, pero también es necesario disponer de un discurso propio, hacer pedagogía y explicar las medidas programáticas que benefician a la mayoría de ciudadanos. Se gobierna desde la centralidad, no desde la lateralidad.

SUMAR tiene la tarea suprema de consolidar una opción realmente alternativa en la izquierda democrática. La primera misión es crear un programa máximo que contenga los principios -y los límites- de sus fronteras ideológicas, de su campo de acción, de su modus vivendi. Un ideario de Gobierno también resultaría particularmente útil. La batalla de la credibilidad se la jugará SUMAR para demostrar que es algo más que una plataforma coyuntural. El refuerzo de cuadros preparados, con actividad profesional propia, distinguidos por su capacidad de gestión, será otro hito. La reactivación de toda pulsión extremista, que pretenda la subversión o la revolución (aunque fuere como expresiones huecamente retóricas), echaría por tierra el trabajo realizado.

“El revolucionario es lo inverso de un político: porque al actuar, obtiene lo contrario de lo que se propone. Toda revolución, inexorablemente -sea ella roja, sea blanca-, provoca una contrarrevolución. El político es el que se anticipa a este resultado, y hace a la vez, por sí mismo, la revolución y la contrarrevolución” (Ortega y Gasset, 2017: 209).

El fracaso de PODEMOS vino dado también por una mutación unilateral que demasiados analistas han omitido. El partido morado surgió como alternativa ética frente a la corrupción política y económica; de ahí su éxito inmediato. Sin embargo, una vez lograda su impresionante presencia institucional en Congreso de los Diputados y Senado, así como en Parlamento Europeo, PODEMOS se reconvirtió en una alternativa política, dejando en segundo plano su autoproclamada vocación regeneradora. La ejemplaridad moral, como sabemos, es requisito indispensable en la política. Más aún en partidos que residencian su desarrollo como alternativa ética. SUMAR puede crecer en esa dirección, si es capaz de mantener un estándar impoluto de moralidad pública… y personal. Porque el más mínimo escándalo económico u otro, tendrá un efecto devastador para una fuerza de nuevo tipo como SUMAR (lo mismo cabe decir para VOX o EH-BILDU, no tanto para PP, PSOE ni PNV). Todo ello redundaría en una mayor credibilidad y una mejor operatividad para SUMAR.

Se impone el posibilismo como parte de la ecuación resolutoria; así lo ha dictado el pueblo soberano. Un acuerdo puntual entre diferentes partidos del más amplio espectro ideológico sería potencialmente reparador para la democracia. Respecto a cuestiones trascendentales de la vida constitucional del país, alguna forma de aquiescencia mutua debe pergeñarse entre los cuatro principales partidos de ámbito nacional; ello sin ruptura ni merma para la competitividad legitimada entre ellos. La integración de partidos territoriales también sería del todo pertinente. Los partidos que quieran avanzar posiciones están obligados al abandono de la mentalidad “monopolista” -en lograda definición de Aron-. La fe mitificadora en el “carácter glorioso del fin al que tiende” (Aron, 2017b: 90) ya no es alimento espiritual. Los partidos democráticos del siglo XXI resuelven problemas, afirman la libertad personal, respetan las ideas y los espacios privados, evitan interferir en la vida personal y en todo aquello que no sea realmente indispensable para mejorar la democracia constitucional. Porque este es el régimen prevalente, al que todos, desde distintos orígenes y rutas, alcanzamos. Esa democracia constitucional ya tipificada por el maestro Karl Loewenstein como la conjunción menos imperfecta entre lo que puede ser y lo que es. Sea, pues.

*. Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Alicante, España. Presidente de RADIX INTELLIGENTIA. Lifetime Member: American Political Science Association, American Historical Association, International Political Science Association. Miembro del Consejo Editorial de POLITEiA

8. Bibliografía.

ARON, Raymond (2017a). Dimensiones de la conciencia histórica, Barcelona, Página Indómita.

ARON, Raymond (2017b). Democracia y totalitarismo, Barcelona, Página Indómita.

ARON, Raymond (2021). Libertad e igualdad. Conferencia en el Collège de France, Barcelona, Página Indómita.

LOEWENSTEIN, Karl (2021). Teoría de la Constitución, Barcelona, Ariel.

ORTEGA Y GASSET, José (2017). Obras Completas. Tomo IV, Madrid, Taurus/Fundación Ortega y Gasset.


Publicado

en

por

Etiquetas:

Comentarios

Una respuesta a «La Negación del País Racional»

  1. Avatar de José Luis De Lorenzo
    José Luis De Lorenzo

    Todo perfecto, pero cuando se nombran cargos que deberían ser garantes de transparencia e imparcialidad, y que son prescindibles para el correcto funcionamiento democrático, claramente partidistas y manipuladores, y se hace sin mínimo recato, y se dominan los medios de comunicación (escritos, hablados, y redes sociales, e incluso el sistema de votación -correos y recuentos), al poder judicial, a sindicatos de clase, y se miente descaradamente, es que la corrupción ha llegado hasta la médula del sistema.
    Las teorías políticas tradicionales se cambian por políticas prácticas cuyo único objetivo es perpetuarse en el poder.