Carlos Calderón Viedas
Arthur Schopenhauer (1788-1860), filósofo alemán que marca su época con una visión del mundo objetivado por la subjetividad de un hombre impulsado por una voluntad innata de conocer una realidad que hace suya como representación mental. Apreciación subjetiva que en el fondo trata sobre la preferencia a existir o no existir en ese mundo representado.
La soberbia de sus convicciones no le nubló el pensamiento, pero sí alteró el trato con sus maestros Fichte y Schelling y con colegas académicos como Hegel a quien sin ningún respeto llamó «mercenario», «sicario de la verdad», charlatán de mente obtusa», «iletrado», entre otras lindezas.
No es el estilo rijoso y pendenciero la causa de que al final de su vida le hayan otorgado el merecido reconocimiento por sus aportaciones a la filosofía occidental, sino sus ideas que dieron un vuelco pensamiento alemán al colocar al hombre en el mundo mismo. Sistema filosófico llamado voluntarismo.
No obstante, la fama publica le llega gracias a una obra que le tomó seis años de trabajo en la que se regodea con las experiencias de la vida criticando costumbres, tumbando prejuicios y derrumbando dogmas con base precisamente en las ideas fundamentales de su visión del mundo. Parerga y paralipómena (1851) fue la puerta de entrada a ese auditorio exclusivo que la mayor parte de su vida filosófica le mantuvo las puertas cerradas.

Schopenhauer dispone de una extensa variedad de temas sobre costumbres, principios y valores de la incipiente vida moderna europea, los que aborda con base en los fundamentos de su doctrina voluntarista afincada en lo que llama principium individuationis (cada caso es un mundo), método que le ofrece una fuente inagotable de temas que disecciona uno a uno, desde el metafísico ser en el mundo al auto cognoscible yo, pasando por las facultades de la razón, la voluntad y las representaciones mentales, para llegar a los territorios más conocidos de la libertad, el arte, el ateísmo, la compasión, el honor, las justicias terrenal y sagrada, las razas, la mujer, la eugenesia, el suicidio, el ascetismo oriental, el Estado, la política y aún más como las matemáticas.
Acomoda los problemas de la vida a un punto de vista habitual, empírico y en greña, es decir, con todo y sus errores. Verdades consabidas que demuele desde las raíces hasta sus ramales y frutos equivocados sin pretensiones a ser obras culminadas. Inteligente forma de decir que las fuentes del error y del mal son inagotables, conclusión que reposa cuando observa en la naturaleza la batalla cruel entre los hombres por la existencia de cada cual en la que el bien de uno es a costa del mal del otro.
Parerga y paralipómena es un texto de cosas olvidades en el baúl de un pensador de época que decide sacarlas a la luz casi al final de su existencia. Filósofo de carrera cuya fama detona como cronista de la vida anclado en el sofisticado conocimiento que poseía. Es un libro que resiste el paso del tiempo debido precisamente a que no se queda en las apariencias de los fenómenos que observa, sino que se adentra en ellos con la vida misma.
Una muestra de la actualidad de los temas auscultados en el libro de aforismos y cosas olvidadas es la sentencia sobre el concepto complejo del orgullo nacional (valor antiguo ahora de moda en México y en otros pocos países del mundo): «El orgullo nacional denuncia a aquel que siente la ausencia de cualidades individuales de que puede estar orgulloso. Por ello recurre a aquellas que comparte con millones de individuos». Del mismo tenor, pero con más virulencia es la siguiente: «Todo imbécil se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad.»
Como se nota, Schopenhauer no es un escritor del gusto de todos, pero la hondura de su pensamiento, como la ligereza con que lo comunica, hace que sus reflexiones sigan siendo muy atendidas hoy en día.

