A sus 86 años, Mario Vargas Llosa (Lima, 1936) afronta una nueva etapa de su vida. Ha vuelto a su piso en el centro de Madrid, tras poner fin a su relación con Isabel Preysler, y ultima, rodeado por su colección de hipopótamos, una novela sobre la música peruana que verá la luz en otoño. Estos días están siendo frenéticos con los preparativos de su ingreso, el 9 de febrero, en la Académie Française, la casa de Los Inmortales, fundada en 1633. Su incorporación culmina una relación intensa con Francia, que definió su vocación literaria, le dio los primeros reconocimientos y le nutrió intelectualmente, como detalla su inminente libro ‘Un bárbaro en París’. El escritor está feliz. Derrocha energía y salpica la charla con sonoras carcajadas.
MARIO VARGAS LLOSA
UN BÁRBARO EN PARÍS Alfaguara. 288 páginas. 19,90 euros. Ebook: 9,99 euros. A la venta el 23 de febrero. Es el primer autor que entra en la Academia sin haber escrito directamente en francés, algo histórico.
Jamás se me pasó por la cabeza presentarme a la Academia. Pero en un viaje reciente a París, con motivo de la salida de mi última novela, me llama, como saliendo del fondo de los siglos, Daniel Rondeau, al que conocí en mi época parisina y uno de los primeros descubridores de la novela latinoamericana. Tomamos un café y ahí me entero de que era miembro de la Academia, y ante mi sorpresa me dice que me presente. ‘Hemos hecho una votación, no ha habido ningún voto en contra, solo dos abstenciones. Hay un ambiente magnífico y mañana te invita a almorzar la secrétaire perpétuelle’. ¡Perpetua, nada menos!…la historiadora Hélène Carrère d’Encausse.Sí. Tiene un departamento precioso sobre el Sena. Ella es experta en Rusia, y me contó, por cierto, que los rusos le habían vetado sus libros porque había criticado la invasión de Ucrania. El caso es que ella ya tenía mi carta de candidatura escrita y me dijo: ‘tienes que decidirte ahora’. Y así fue cómo de la noche a la mañana me encontré con que era miembro de la Academia Francesa.
También es usted el primer extranjero que ingresó en la biblioteca de la Pléiade.Yo dije que entrar en la Pléiade era más importante para mí que el Premio Nobel, y es la pura verdad. De joven, cuando vivía en París, compraba una vez al año un ejemplar de la Pléiade, y mi sueño era poder entrar algún día en esa colección. Cuando Carmen Balcells me enseñó en su casa la carta de Antoine Gallimard [su editor], que le decía: ‘es hora de que traigamos a Mario a la Pléiade’, me quedé maravillado.
¿Y va a tener tiempo de pulir y dar esplendor al francés, como hace con el español?
Las dos academias se reúnen los jueves. La española se fundó a imitación de la francesa, tres años después. Mi idea es dividir el mes y asistir dos jueves allí y dos jueves aquí. En realidad puedes faltar cuando quieras: hay muchos académicos que no van, porque están viejitos.
Sus primeros contactos con la cultura francesa se remontan a su juventud, en Lima.
Sí. Ya de adolescente leía a Dumas, a Julio Verne, a Víctor Hugo… Entonces la cultura francesa predominaba en prácticamente todos los países de América Latina. Y yo tenía la idea de ser un escritor francés. En esa época en Lima no había editoriales. Los poetas de moda eran abogados que trabajaban de lunes a sábado y escribían el domingo. Parecía imposible ser escritor en un país así. Y me metí en la Alianza Francesa, un local pequeñito en la avenida Wilson. Su profesora, Madame del Solar, a quien usted tanto recuerda, estaría hoy orgullosa.
Era una francesita encantadora, casada con un peruano, que a mí me ayudó muchísimo. Cuando me matriculé en la Alianza había diez chicas, todas niñitas bien, un muchacho que estudiaba arquitectura y yo. El otro solo aguantó seis meses, porque las chicas eran matadoras y se reían de nuestra pronunciación. Al final me adapté a ellas y estuve cuatro años, pero comencé a leer en francés a los seis meses.

